sábado, 20 de octubre de 2007

Fantasia en el mar

El desconocido dijo que se había equivocado de baño. Chema me miró, y me debió ver un poco sofocada, además de los pezones bien marcados en la camiseta. Se acercó al desconocido y le agarró del pecho, preguntándole que es lo que había hecho. Le dije que le dejase, que no había sido más que un malentendido. El desconocido se disculpó, diciendo que tenía mucha suerte de tener una mujer como aquella. Chema se le quedó mirando, y cogiéndome del talle me sacó de allí sin decir nada. Esta vez no miré atrás. Volvimos a la mesa para acabar de cenar, pero a mí se me había quitado el hambre. No le di detalles de lo que había pasado. Tan solo que se pensó que yo quería plan, y me siguió hasta el baño.

- Creí que se iba a montar una buena.- Acerté a decir.

- ¿Por qué?- Respondió él. Me debió ver la cara de no entender nada, porque siguió hablando.

- Cuando pasaste al lavabo, vi como decían algo esos tres hombres, riéndose a continuación. Cuando vi que uno de ellos se levantaba y seguía tus pasos, me imaginé que algo iba a suceder. Noté que estabas nerviosa cundo estábamos esperando a que nos diesen la mesa. ¿Tienes algo que contarme?

No, nada.

No me atrevía a contarle lo sucedido, porque tendría que explicar el por qué no hice nada más, y por qué me sentí excitada. Ni siquiera yo tengo explicación para lo sucedido.

Pagamos la cuenta y salimos del local sin mirar a los tres comensales. La verdad es que tenía aún el susto en el cuerpo. Fuimos a otro bar a tomar un café, y aproveché para coger otro tanga del coche y ponérmelo, antes de que Chema se diese cuenta.

La luna llena alumbraba la noche. Apetecía dar un paseo por el mar, pero decidimos seguir viaje. Los dos nos reímos de la situación y de lo calientes que nos habíamos puesto. Comentamos que debíamos de estar locos.

Conduciendo junto a la costa se podía ver la cara de Chema iluminada por la luna. Me resultó más hermoso que nunca, y me entraron unas ganas locas de hacerle el amor en esos mismos momentos.

Me solté el cinturón de seguridad, y me apoyé en su hombro. Le veía fuerte. Era la primera vez que tenía que salir en mi defensa y eso me gustó. Metí una mano dentro de su camisa. Me gustaba jugar con los pelos de su pecho, con los pectorales... con sus pezones. A él también le gustaba, y enseguida estos se endurecían ante mis caricias. Le toqué los bíceps, torneados, no muy grandes pero sí definidos. Se removió inquieto en el asiento, al tiempo que disminuía un poco la velocidad, señal inequívoca de que le estaba gustando la situación. Desabroché del todo la camisa, con tono pausado, deleitándome en la apertura de cada uno de los botones.

A continuación me incliné más y le besé en el pecho. Comenzó a suspirar cuando succioné sus pezones. Con una mano le acaricié su pene por encima del pantalón. Tal como me imaginaba, estaba totalmente empalmado. Abrió más las piernas para que pudiese tocarle con más comodidad. Comencé a besarle, poniéndole en serios apuros a la hora de conducir. Él tampoco perdía el tiempo, y su mano derecha se introdujo en la minifalda, cogiendo glotonamente mis glúteos, apretando con firmeza y jugando con las tiras de mi tanga.

Teníamos suerte de que no pasase ningún coche por esa carretera, pues se hubiese extrañado de la poca velocidad a la que circulábamos. Estaba totalmente caliente, y comencé a desabrocharle el cinturón. Tuvo que ayudarme, pues con el cinto de seguridad que todavía llevaba, me resultaba imposible la maniobra. Una vez que el cinto dejó de ser un problema, comencé a desabrochar los botones de su pantalón. Tras apartar su tanga, introduje su pene en mi boca.

Chema dio un pequeño grito, subiendo su cadera para introducir más su miembro en mi boca. Se lo cogí con las dos manos, iniciando un suave movimiento. Mientras tanto, su mano jugueteaba con la entrada de mi vagina, totalmente mojada y abierta, esperando ser penetrada cuanto antes. Me puse a horcajadas sobre él frotando mi pubis sobre su pene. Estaba enloqueciendo por momentos. Llegué a apartarme el tanga, e introducirme el pene hasta el fondo. Chema no podía apartar la vista de la carretera, pues eran muchas las curvas que había que tomar.

Yo le imploraba que parase en cualquier lugar, que no aguantaba más. Me levanté de encima, porque temía que tuviésemos un accidente. Mientras le chupaba la oreja, le decía lo mucho que le deseaba, que era la persona que más había amado, y que me llenaba como amante. Él tampoco se quedaba atrás, y me decía todo tipo de piropos y frases picantes, que me hacían sentir halagada y más excitada aún si cabe.

Por fin encontró un lugar que le pareció apropiado para parar. Subimos con el coche hasta una pequeña elevación, que nos garantizaba una cierta intimidad de miradas indiscretas, aunque dudábamos de que nadie apareciese a esas horas por allí.

Nada más detenernos, me lancé como una loba a desnudarle. Él también me iba quitando prendas mientras nos besábamos apasionadamente. En poco tiempo, los dos estábamos completamente desnudos. El calor, hizo que comenzásemos a sudar copiosamente, resbalando por nuestra piel y dando a la situación más carga erótica. Echamos hacia atrás los asientos, para que quedase más espacio en la parte delantera. Me gusta hacer el amor junto al volante. Siempre me ha gustado, y más de un amante me ha poseído así. Mientras le chupaba el pene, me puse a cuatro patas, para que pudiese trabajarme bien el coño y el culo. Él solo me había penetrado una vez por detrás, pero me gustaba que me tocase la entrada del ano, incluso que me lamiera, cosa que a Chema le encantaba. Las maniobras en mis dos orificios estaban dando sus frutos, y notaba como me acercaba al orgasmo con rapidez. Le pedí que me penetrase de una vez.

Me giró, y me tumbó de espaldas sobre los asientos delanteros. Me levantó las piernas y se quedó mirando mi coño, diciendo lo hermoso que era. En un momento que cerré los ojos, noté como me penetraba fuerte y hasta el fondo. Gemí. Siguió moviéndose fuerte y muy rápido, golpeándome la cabeza con la puerta. Con las piernas sobre sus hombros, su pene chocaba son el fondo de mi vagina, arrancándome suspiros de placer a cada envite. En esta postura, comenzó a besarme a lo largo de las piernas, hasta que llegó a los pies. Le dije que no me besase ahí, pero me respondió que le encantaba besarme en cada centímetro de mi cuerpo. A la vez que me los besaba, realizaba un masaje que me hacía tocar el cielo. De vez en cuando descendía sus labios hasta mis pechos, succionando mis pezones hasta dejarlos duros y tiesos, todo ello sin bajar el ritmo y la fuerza de la penetración.

En esas circunstancias el orgasmo no podía tardar, y llegó en medio de unos gritos que me asustaron incluso a mí. Parecía que me iba a partir en dos. Me golpeaba con la cabeza en la puerta, daba golpes al volante, tocando alguna que otra vez el claxon, y todo ello para poder aguantar los latigazos que el orgasmo me daba. Creo que perdí el sentido durante unos segundos. Le dije que se apartase un poco, porque no podía respirar. Él me miraba con una leve sonrisa en los labios, disfrutando del momento. Siempre me ha dicho que le gusta verme cuando disfruto. Acaricié su rostro, secando las copiosas gotas de sudor que recorrían su frente, y caían en cascada sobre mis pechos.

Nos decíamos hermosas palabras de amor, sintiendo nuestros cuerpos unidos. En esas estábamos cuando las luces de un coche hirieron la noche.

Nos quedamos agachados, asomándonos un poco para ver donde paraban. Aparcó a pocos metros de donde nosotros estábamos, pero no nos vieron, pues estábamos en un plano superior a ellos. Se trataba de una pareja de mediana edad, que sin duda el embrujo de aquella noche les había hecho parar para amarse.

Seguimos mirando como dos auténticos mirones. Era la primera vez que podíamos ver a una pareja haciendo el amor. Debían de estar muy calientes, porque las ropas volaron en un santiamén. Echaron los respaldos de los asientos hacia atrás, y se abrazaron en un fuerte beso. El hombre pronto se deslizó hasta los pechos de la mujer, devorándolos literalmente. Eran unos pechos enormes, y la cara del hombre a veces desaparecía cuando se adentraba en el canalillo. Aquella situación nos sobrecalentó. Echamos los respaldos hacia atrás, y le dije a Chema que se tumbara. Le cogí el miembro erecto, y me lo introduje hasta la raíz, en la boca. Subía y bajaba mi cabeza con frenesí. De vez en cuando le masturbaba con la mano, para aprovechar a mirar a nuestros improvisados vecinos. Pude ver como hacían un perfecto sesenta y nueve. Era una suerte que esa noche hubiese luna llena. Los movimientos de nuestros vecinos se podían ver claramente. Chema se rió cuando comprobó que no perdía detalle. Le seguí lamiendo el pene, metiéndole la lengua en el orificio. Esta maniobra le hacía sentir a Chema una sensación especial, mezcla de dolor y placer, que le hacía mover sus caderas frenéticamente. En un momento dado, mi vagina rozó la palanca de cambios, produciéndome un escalofrío. Por unos instantes pensé que otro pene estaba detrás de mí. La idea me excitó, y me imaginé a nuestro desconocido vecino penetrándome por detrás.

Pocas veces había tenido esa fantasía, pero esa noche mi sensualidad estaba a flor de piel. Una loca idea se cruzó por mi mente. Volví a frotar la palanca de cambios contra mi vagina, aprovechando los movimientos de mi cuerpo mientras masturbaba a Chema. Ese roce hacía que grandes cantidades de flujo manasen de mí, lubricándome al máximo. Me coloqué de tal manera que la palanca quedase a la entrada de mi vagina, y procedí a introducirla lentamente. A pesar de tener la vagina dilatada, costaba meter esa bola dentro de mí. Chema con los ojos cerrados no se percataba de la maniobra. Procedió a pasar las manos por mi nuca y a darme un suave masaje a lo largo de la columna vertebral. Las sensaciones de la penetración y del masaje me estaban llevando a la locura. Por fin la bola entró en mi coño, y entonces inicié un ligero mete y saca, del que ya no podía disimular los movimientos. Chema se dio cuenta de la jugada, y me miró con cara de sorprendido.

- ¡Esto es increíble! –atinó a decir.

Yo le comenté que no podía casi moverme y que no era como el movimiento de su pene, a pesar del tamaño. Entonces él se incorporó un poco para ver más de cerca mi vagina.

- ¡Está increíblemente dilatada! ¡Tengo una idea!

Entonces giró la llave de contacto y el motor del coche se puso en marcha. ¡Fue increíble! La vibración del motor se transmitía por la palanca de cambios, y posteriormente al interior de mi vagina. Dejé de masturbarle para poder sujetarme con los dos brazos. Cerré los ojos y disfruté de aquel improvisado vibrador. La boca se me secaba por la respiración agitada que tenía. Chema chupaba mis pezones, y jugueteaba con sus dedos en mi espalda. En un momento dado cogió un bote de vaselina que tenemos en el coche para cuando se resecan los labios y tomó un poco con el dedo. Lo puso a la entrada de mi ano, y me penetró hasta la primera falange. Después apoyó su mano en la palanca de cambios, haciendo que la vibración actuase sobre mis dos agujeros. El orgasmo fue más brutal que el anterior. Suerte que nuestros vecinos tenían la música del coche puesta, porque si no se hubiesen percatado de nuestra presencia. Mientras tenía el orgasmo abrí los ojos y miré en dirección al coche. No pude ver a nadie, y me imaginé que habrían salido a hacer el amor por los alrededores. Cuando terminó mi orgasmo, caí medio desmayada sobre Chema. Saqué la palanca de mi vagina, sonando como si se descorchase una botella de cava. Chema me sacó el dedo del ano.

- ¡Como me gustaría volver a penetrarte por detrás!

No le contesté y me puse a besarle por todo el cuerpo. Me detuve en sus pezones y le mordisqueé hasta ponerlos erectos. Con una mano le tocaba los testículos, que por lo hinchados que estaban, debían estar a punto de descargar. Cogí el bote de vaselina y me puse un poco en el dedo. Busqué la entrada de su ano y le fui penetrando. Lo tenía relajado. Al contrario que a mí, yo le había penetrado muchas veces, incluso con una zanahoria. Le encantaba que le penetrase. No es que sea homosexual, sino que siente placer, y así me lo hace ver. Por eso de vez en cuando le sodomizo, incluso con dos dedos. Con estas maniobras el pobre no podía aguantar mucho más.

Cuando giré la cabeza a un lado, me sorprendí al ver dos figuras espiándonos. A pesar de estar medio escondidas, el reflejo de la luna por detrás, los delataba. Estaban desnudos. ¡Era la pareja del coche! Pude darme cuenta que el hombre sobaba los pechos de su mujer, y la otra mano iba en dirección a su sexo. No me molestó que me espiasen. Todo lo contrario, tenía una gran carga sexual. Aceleré el ritmo de penetración a Chema, y me bajé hacia su pene para chupárselo. Agarrándome de la nuca me dijo.

- Quiero correrme en tu boca. Quiero que mi semen esté dentro de ti y desaloje el de otros.

Yo sabía que se refería a otro chico con el que estuve y que dejé por Chema. Pero le prometí a aquel que nadie más estaría dentro de mí. No estaba preparada para esto aún. Chema me lo había pedido más de una vez, pero esa noche tampoco me tragaría su semen, aunque estuviese tan caliente como estaba.

- Tú siempre estarás dentro de mí.

- Pero quiero que mi semen...

- ¡Ssssshhhhhhhhiiiii!

No pudo decir nada más. Comenzó a correrse. Yo puse mis pechos para que el semen fuese a parar a ellos. Los gritos parecían gruñidos, y me alegró que disfrutase conmigo.

Cuando acabó, yo me froté los pechos, poniendo cara de cachonda, mirando a nuestros mirones. Chema se dio cuenta y preguntó que era lo que pasaba.. Cuando se enteró, se incorporó y miró en dirección a la pareja. Estos se incorporaron y se dirigieron hacia nosotros. Nos quedamos sorprendidos, pero abrimos la ventanilla.

Nos comentaron que nos habían visto por el humo del tubo de escape, y que imaginándose lo que era, habían decidido espiarnos. Pidieron disculpas por ello. Nosotros les dijimos divertidos que habíamos hecho lo mismo. Los cuatro nos reímos. Salimos del coche. Yo por pudor me puse el tanga, ellos y Chema permanecieron desnudos. Eran amables y educados, y en ningún momento los comentarios fueron zafios, aunque sí picantes. En un momento dado nos preguntaron que si nos interesaba cambiar de pareja. Les dijimos que era la primera vez que habíamos visto hacer el amor a alguien, y que ya nos parecía muy fuerte. Lo del cambio de pareja no iba con nosotros, aunque nos sentíamos halagados. Se despidieron de nosotros, y dijeron que iban a seguir con lo suyo, pero esta vez fuera del coche. Lo dijeron en un tono que nos sonó a una invitación para mirar.

Descendieron hasta su coche, y sacaron una manta. Se tumbaron en ella y antes de comenzar a besarse, dirigieron una mirada hacia nosotros para cerciorarse de que les mirábamos. Nosotros estábamos sentados entre las altas hierbas, porque aunque sabían que estábamos allí, nos parecía más morboso que lo hiciésemos así. Como ya he dicho, ella tenía unos grandes pechos. La figura en general estaba proporcionada. Su pubis tenía gran cantidad de pelo, y su trasero había perdido algo de firmeza.

Él era normal, con unos brazos fuertes y las piernas musculadas como a mí me gustan. El pene prometía tener unas medidas respetables, como así pude comprobar más tarde. Su pubis estaba totalmente depilado. Sus testículos, muy grandes, colgaban excitantes. Se abrazaron, y sin dejar de besarse comenzaron a girar hasta colocarse para hacer el sesenta y nueve. El pene del hombre comenzó a tener un tamaño... desde luego mayor que el de Chema, y así me lo indicó este. Yo le dije que no me importaba el tamaño, aunque Chema sabe que me gustan bien gordas. Él muchas veces me ha dicho que le gustaría tenerla más gruesa para darme más placer, pero yo le contesto que lo que no puede ser, no puede ser, y que él me da suficiente placer.

La mujer se metió un dedo en la boca, y después lo fue introduciendo suavemente en el ano del hombre. Parecía que era la primera vez, porque este le sujetaba la mano, cuando sentía que la penetración era demasiado intensa. Poco a poco, sus gemidos se mezclaron con los de la mujer, que recibía la lengua en sus dos agujeros. Cuando por fin tenía metido todo el dedo en el ano, hizo una pequeña seña con la mano en nuestra dirección, como diciendo que lo había copiado de nosotros. Chema dijo que ya estaba bien de mirar, y que le quedaba semen para darme. Le dije que sentía no haberme tragado su semen, que... No me dejó terminar, y me dijo que cuando estuviese preparada. Que desearía que le tuviese dentro, pero cuando estuviese preparada.

Me dirigí al coche y saqué la manta del asiento de atrás, y un frasco de gel corporal.

- Túmbate boca abajo. –Le dije.

Se tumbó y colocándome entre sus piernas, procedí a darle un masaje por toda la espalda. Comencé por la nuca, arrancando los primeros suspiros de mi marido. Seguí descendiendo por la columna vertebral, y aproveché para impregnarle bien de gel. El contacto frío del líquido, hizo que se estremeciese. Seguí masajeando, descendiendo por los riñones hasta los glúteos. Los agarré con cierta fuerza, clavando un poco las uñas en ellos. Chema comenzó a menear su pelvis, como si estuviese penetrando al suelo. Su respiración se aceleraba por momentos, animándome a seguir. Junté las manos descendiéndolas por su ano, haciendo pequeños círculos en el orificio de entrada.

- Así.... así. –Decía entre gemidos.

Descendí por las piernas hasta los pies. Aquí metí los puños en las plantas, produciéndole un gran placer. Me sentía dueña de la situación, y comencé a darle cachetes en los glúteos, hasta ponérselos rojos. Los pequeños quejidos, más parecían de placer que de protesta. Me tumbé sobre él, frotando mi pubis contra sus glúteos. Parecía que le estaba penetrando; lamenté no tener nada a mano para introducírselo. Seguí frotando, produciéndome una gran excitación, pero quería más, así que le dije que se pusiese a cuatro patas. En esta posición frotaba mi vagina contra su cóccix, agarrándole el pene con mis manos. Apretaba sus testículos en medio de una creciente locura. Chema seguía gimiendo cada vez más fuerte, pidiendo que le penetrase. Increíblemente alcancé un orgasmo solo con frotarme. Mis abundantes jugos bajaban por los enrojecidos glúteos de mi marido.

- ¡Me has hecho correr bien! Te has portado como una- verdadera "putita". –Le dije

Cogí el bote de gel y le dejé caer un buen chorro en la entrada del ano. Seguidamente le fui introduciendo un dedo en su palpitante ano, que me recibía relajado.

- ¡Ah! Que placer me das cariño. Muévele. Haz que mi polla reviente.

Movía el dedo con facilidad, producto de las veces que le había penetrado, pero él me pedía más, así que me animé a intentar meter un segundo dedo. Lo hice despacio, porque decía que le dolía, aunque también me animaba a seguir. Poco a poco el segundo dedo fue introduciéndose. Los moví muy despacio para que su ano se fuese dilatando. Me excité al ver su ano abriéndose. Cuando dejó de quejarse, comencé un frenético mete y saca, dándole pequeños pellizcos en los glúteos, y arañando su espalda con las uñas. Le estaba sodomizando a base de bien y me sentía cada vez más excitada. Le metía dos dedos en la boca, como se tuviese una polla delante de él. Chupaba con frenesí.

- Que bien chupas cariño, parece que te has comido más de una polla.

Sacaba la lengua y la enroscaba en los dedos. Me estaba poniendo a cien. Hizo un movimiento brusco y se zafó de mí, colocándome a cuatro patas. Sin ningún miramiento me metió su pene hasta el fondo. Pegó su pecho en mi espalda, y me cogió los pechos, retorciendo los pezones. El ritmo era frenético y con mucha fuerza. Puse mi cara contra la manta para aguantar los envites. Su pene chocaba contra el fondo de mi vagina, produciéndome un placer indescriptible. Ahora era él, quien me daba palmadas en los glúteos, haciéndome el daño justo para darme placer. Era un sado muy suave, y tremendamente excitante. Cuando levanté la vista, vi otra vez a la pareja del coche, que nos estaba observando, pero no se limitaban a mirar, sino que él la estaba penetrando por detrás, estando ella a cuatro patas. La visión acabó por hacerme correr, entre tremendos gritos, y sacudidas de cabeza, que hicieron que me marease. En esos momentos, Chema aceleró el ritmo de las embestidas, y noté el primer chorro de semen, antes de que la sacase y se corriese en mi espalda. Frotaba su pene entre mis glúteos, hasta que terminó de correrse. Cuando se relajó, extendió el semen por toda la espalda, y después metió dos dedos en mi boca. Relamí los restos de semen con gran deleite, mientras la pareja comenzó a dar alaridos, en un orgasmo interminable. Sin duda se habían calentado al vernos hacer el amor, aunque ignoro desde cuando estaban mirando.

Chema limpió la espalda con la manta, y la acarició, soplando suavemente a lo largo de ella. Volví la cabeza, besándole suavemente y regalándole una sonrisa. La pareja nos saludó de nuevo y se despidió con un hasta siempre. Nosotros seguimos desnudos, y nos acercamos hasta la orilla del mar, metiéndonos en el agua hasta la cintura. Nos besamos apasionadamente y nos dijimos un te quiero mutuo, que sonó a música en el silencio de la noche. Nos atrevimos a pasear desnudos por la playa desierta, y cuando el sueño comenzó a dar señales, nos fuimos al coche, para regresar a casa después de unas apasionantes mini vacaciones.

Mi querida profesora

Es de día, aunque no falta mucho para que la tarde comience. Por una calle algo empinada, flanqueada por silenciosos y hermosos chalets de lujo, sube una mujer. Es de estatura media, delgada, lleva gafas de sol negras, y su pelo, teñido de rubio chillón, ondea de forma descuidada hasta algo más abajo de sus hombros. Lleva una falda corta, de color crema, que cae hasta medio muslo, dejando a la vista gran parte de sus bellas piernas desnudas, en las cuales brilla con luz propia una piel blanca y tersa. Los pies, preciosos, alargados, de uñas bien cuidadas pintadas de rojo, destacan, casi a la vista por completo, pues calza unos zapatos que solo se cierran - y no totalmente- por delante. La mujer lleva los brazos desnudos, pues la blusa que cubre la parte superior de su cuerpo no tiene mangas. Esta blusa es de encaje, de color gris oscuro. Un complicado dibujo de encaje bordea los perfiles de los pechos de la mujer, resaltándolos con elegancia. De todos modos, se adivina que son unos pechos no muy grandes, más bien pequeños, en los cuales, solo muy levemente se dibujan unos pezones nada endurecidos. Un bolso grande, de diseño, colgado con estilo al lado izquierdo, completa la imagen.

La mujer no es joven, ni mucho menos. Tiene treinta y ocho años, pero conserva una serena y deliciosa belleza. Su rostro es ovalado, de grandes ojos oscuros, boca pequeña de labios medianos y nariz también pequeña.

El taconeo de la mujer se detiene de pronto frente a una gran mansión, algo alejada de las demás.

Toca a la puerta, más bien una cancela, que se abre electrónicamente, como si la estuvieran esperando. La mujer avanza por el empedrado camino que llega hasta una puerta de madera dotada de llamador dorado. Alza la mano para llamar, pero no es necesario. La puerta se abre. Ante ella aparece una joven de dieciocho años, bellísima, de largo pelo rubio, ojos grandes y verdes, rostro alargado de labios gruesos y nariz fina y algo larga. La chica lleva encima tan solo una camiseta corta, que deja a la vista sus preciosas piernas desnudas, bien formadas y dibujadas. Los pechos de la joven se adivinan perfectamente a través de la fina tela de la camiseta: son unos pechos duros, medianos de tamaño, firmes y turgentes que cautivan a la recién llegada, haciendo que se ruborice sin poder evitarlo. La joven aprecia enseguida la dirección de la mirada de la mujer que está ante ella en la puerta y sonríe, con malicia. Luego, con los ojos verdes brillando de alegría, da la bienvenida a la mujer.

-¡Señorita Cristina, hola! No pensé que vendría tan pronto, si no, la habría recibido con algo más...formal. Pero pase, pase, está en su casa.-

-Hola, Lucy- dice la mujer mayor, sonriendo a su vez.Avanza despacio y penetra en la casa, quitándose las gafas de sol y guardándolas en el bolso, mientras Lucy cierra la puerta tras ella.- He venido porque tu madre me llamó y me dijo que querías hablar conmigo sobre tus estudios...por cierto...¿no está tu madre? Me gustaría verla y saludarla. Es tan amable...

-Oh, si, es muy amable, pero ahora no está, llegará más tarde, señorita Cristina. Por favor, sígame hasta el salón, allí podremos hablar con más tranquilidad.

Cristina asiente y se deja guiar por la joven, que es su alumna en la Universidad. A través de un largo y magnífico pasillo, muy ricamente decorado, la joven lleva a la profesora hasta el salón, una gran habitación amueblada con gusto, repleta de figuras costosas y largos cortinajes que tamizan la luz del sol de la tarde. Mientras sigue a su alumna, Cristina no puede evitar mirarle el trasero. Lucy tiene un bonito y potente culo que se dibuja con perfección a través de la escasa tela que lo cubre. Turbada, la profesora comprueba que Lucy no lleva nada debajo de la camiseta.

Lucy se sienta en un sillón individual y señala a su profesora que tome asiento enfrente, en uno de tres asientos. Cristina así lo hace ; deja el bolso a un lado y cruza las piernas al sentarse. Lucy se relame fugazmente, disfrutando de la visión de las piernas desnudas de su profesora, unas piernas que lucen casi por completo a la vista, pues la pequeña falda de Cristina no puede taparlas mucho, dejando al aire sus muslos y, por supuesto, sus rodillas y sus pantorrillas. Cristina balancea con suavidad el pie correspondiente a la pierna que está por encima de la otra y, de este modo, el zapato parece estar a punto de caer, permitiendo que Lucy le vea el pie desnudo. La joven está excitada. Nunca había estado tan cerca de su profesora y, por descontado , nunca le había visto las piernas al completo, como ahora se las está viendo. Y son unas piernas maravillosas, delgadas, pero no flacas, de una piel blanca y suave que pide a gritos ser acariciada. La alumna, caliente, intenta mirar a otra parte, aunque sus ojos vuelven de nuevo a las piernas desnudas de Cristina. El hecho en sí de que su profesora, Cristina, la mujer que tanto desea, esté allí, en su casa, enseñándole las piernas, pone cachonda. Y tiene que contenerse, al menos por ahora.

Cristina está también excitada. Aunque intenta negarlo, en clase no hace más que mirar furtivamente a aquella bella jovencita de ojos verdes y profundos. Y ahora está en casa de la chica, una joven que la ha recibido desnuda bajo una camiseta demasiado reveladora. La profesora puede verle las hermosas piernas desnudas a la joven, unas piernas sin duda perfectas y de piel aterciopelada. Pero eso no es todo. Puede verle los pechos, apenas disimulados bajo la suave tela de la camiseta. Puede verle el ombligo, puede verle el matorral de la entrepierna, oscura sombra bajo la mínima prenda que lleva encima la joven. Cristina traga saliva e intenta concentrarse. Pero no puede. Ver de cerca el bello rostro de Lucy es demasiado para ella. Aquellos ojos , aquella boca sensual...aquella sonrisa. Cristina intenta no pensar en nada, intenta tranquilizarse, diciéndose a sí misma que no es una lesbiana, que no se siente atraida por la jovencita, y que aquella extraña situación debe terminar.

-Bueno, Lucy- dice Cristina, tras aclararse la garganta y reunir toda la concentración que ha sido capaz- Supongo que sabes que tenemos que hablar de esas malas notas tuyas en mi asignatura. Estamos en un época muy adelantada del curso, y si no te aplicas, vas a suspender.

Lucy mira sin pestañear a su profesora. ¡Cristina es tan bella- se dice a sí misma- Tiene unos ojos tan grandes, tan expresivos, y unas piernas tan deliciosas, y aquella piel tan blanca y tan sedosa! Fugazmente, la joven se imagina a su profesora desnuda y la electricidad que recorre su cuerpo es tal, que tiene que hacer esfuerzos para no ponerse a masturbarse allí mismo, delante de Cristina.

-Lucy...¿te ocurre algo?- pregunta Cristina, inclinándose un poco hacia delante.

-Uh...no..no...señorita Cristina...es solo que...que...en su clase...bueno, no me concentro...mucho- contesta Lucy, deseando añadir que si no se concentra es porque se la imagina a ella, a su profesora, a Cristina, totalmente desnuda, y eso, claro, resta intensidad a su concentración. Y tampoco ayuda mucho el hecho de que Cristina suela llevar falda corta, con la mayor parte de sus hermosas piernas al aire.¡Cuántas veces se ha masturbado Lucy imaginando que lame las piernas de su profesora, empezando por sus perfectos y bellísimos pies!

-Bien, Lucy , al menos lo reconoces, eso ya es un primer paso- dice Cristina, inclinándose hacia delante aún más, de tal modo que está muy cerca del rostro de su alumna. Aquella joven boca, aquellos tiernos y hermosos labios son una tentación para la profesora, que debe mirar para otro lado de modo tajante para evitar caer en ella. Lucy también está nerviosa, puesto que Cristina, al acercarse a ella, ha tenido que descruzar las piernas, y eso le ha permitido a la jovencita ver un destello de las bragas de su profesora, unas bragas de color carne. Pero todo sucede muy rápido. Cristina retrocede y vuelve a cruzar las piernas. Lucy pone toda su atención y consigue un premio: nuevamente, le ve las bragas a su profesora, esta vez durante un par de segundos, puesto que Cristina, turbada por las sensaciones que la embargan, actúa más lentamente.

-Lucy- vuelve a hablar Cristina, mirando fijamente a los ojos a la bella jovencita. Aquellos ojazos de color verde turquesa la están volviendo loca- Ya se que no es normal que en la Universidad, una profesora se preocupe directamente por una alumna en particular. Pero es que tu trayectoria es brillante en todas las demás asignaturas, salvo en la mía. Además, tu madre es una persona muy importante en esta ciudad, y, bueno, del consejo del centro me han recomendado esta visita.

-Y yo se lo agradezco, señorita Cristina- dice Lucy, devorando con los ojos las piernas desnudas de su profesora, asi como los brazos también desnudos de la misma.- En fin, tendremos que hablar de esto, pero...¿qué le parece si le traigo una limonada? Hay bastante en el refrigerador. ¡No, no, no diga nada, se la traigo ahora mismo!

-Gracias, Lucy, eres muy amable, la verdad es que hace mucho calor- concede Cristina, sonriendo, y pensando que aquella chica, al igual que su madre, es muy simpática.

Lucy se levanta con presteza. Cristina la sigue con la mirada, y no puede evitar admirar el compacto, rotundo y hermoso culo de la joven, meneándose a un lado y a otro, gracilmente, mientras se marcha.

Cuándo se queda sola, Cristina se echa las manos a la cabeza.

-¿Qué me está pasando?¡Tengo que calmarme, tengo que dejar de mirar tanto a esa chica!¡Yo soy una mujer normal, ella es una mujer, yo no soy lesbiana! Y es mi alumna, y tiene solo dieciocho años...

Mientras, en la cocina, Lucy también se echa las manos a la cabeza.

-Cálmate, Lucy, cálmate. Vas a hacerlo, tienes que hacerlo, no tendrás otra oportunidad- se dice a sí misma, intentando conservar el equilibrio mientras llena dos grandes jarras de limonada fresquita.- Es un plan arriesgado, pero tengo que hacerlo, no puedo seguir así.

Pasan algunos minutos. Lucy vuelve al salón, portando una gran bandeja plateada encima de la cual hay dos grandes jarras de cristal llenas de limonada.

-¡Ya estoy aquí!- dice alegremente la chica. Cristina vuelve la cabeza hacia atrás, sin levantarse del sillón y asiente, con una sonrisa en su bello rostro.

-Ya lo veo, Lucy, ya lo veo.¿ No crees que es demasiada limonada para nosotras dos solas?-

Lucy oye las palabras de Cristina. Y piensa que debe actuar rápido o no hacerlo. Se decide por lo primero. Con las manos temblando de miedo, haciendo tintinear las jarras sobre la bandeja, hace como que tropieza torpemente con un mueble...

-¡Oh, noo!- grita.

...y derrama, inmisericorde, el contenido de las dos jarras de limonada sobre Cristina. La profesora, sorprendida, no puede hacer nada, salvo gemir de sorpresa. Dos ingentes torrentes de líquido la bañan enseguida, dejándola empapada . La limonada la baña literalmente en pocos segundos, dejándola toda mojada, con la ropa pegada al cuerpo.

-¡Ooohhh...que...que!- gime Cristina, sin saber muy bien lo que ha pasado.

-¡Lo...lo siento...señorita...yo...yo...soy tan torpe...lo siento!- balbucea Lucy, sintiéndose en realidad muy mal por lo que había hecho...y lo que estaba a punto de hacer. Por otra parte, temblaba de emocion al comprender que su plan estaba en marcha y que nada podría detenerlo.

Cristina se levanta del sillón, chorreando limonada, con la blusa pegada al cuerpo, dibujandose a la perfección el contorno de sus pechos pequeños y jugosos bajo la misma.

-No...no te preocupes, Lucy, un tropiezo cualquiera lo tiene- dice Cristina, intentando tranquilizar a Lucy que no para de dar vueltas a un lado y a otro, balbuceando disculpas sin cesar.

-Se...señorita Cristina, está toda mojada...tiene que...secarse...que torpe soy...como he podido- dice Lucy, mirando de reojo a Cristina, que está ahora más apetecible todavía que antes, pues el líquido abundante que la moja hace resaltar su figura de un modo muy erótico.

-Si, claro, tengo que secarme...tengo toda la ropa mojada...toda...es increible- dice Cristina, comprobando que, en efecto, está mojada por completo.

-Señorita Cristina, si quiere, bueno, tenemos un jardín en la parte de atrás, muy fresquito, allí podría, bueno...podría...¿por qué no me sigue y se lo explico?- dice Lucy, temblando cada vez más. Cristina aprecia el nerviosismo en su alumna, pero lo achaca a la turbación por haberla dejado toda empapada.

-Si, Lucy, lo que tu digas, te seguiré a ese jardín, vamos- dice Cristina. Lucy sonríe y se adelanta. Una vez más, Cristina la sigue a través de largos y suntuosos pasillos, hasta llegar a unas puertas correderas. Lucy las abre y ante ellas se extiende un precioso jardín, colmatado de cesped, con una pequeña piscina brillando al sol y varias hamacas.

-Bueno- dice Lucy- este es.

-Es...precioso- dice Cristina, entrando en el jardín. Lucy la sigue de cerca, pensando cual va a ser su próximo paso. Sin embargo, su boca parece hablar por iniciativa propia.

-Señorita Cristina, creo que...que debería ...ejem...quitarse la ropa mojada y dejarla a un lado para que se seque, aquí, sobre una hamaca...¿qué le parece?

Cristina mira a su alumna a los ojos.¿ Quitarse la ropa? ¿Allí, delante de aquella preciosidad? Imposible, se dice. Pero luego cambia de opinión. ¿Por qué no? No pasará nada- se dice a si misma- en realidad, no se siente verdaderamente atraida por aquella chica, y además, ella es una mujer de treinta y ocho años, puede contenerse, no pasará nada. ¿De qué tiene miedo?¿ De quitarse la ropa delante de una chica de dieciocho años? Por otro lado, es el mejor método para secar la ropa...asi que...

Sin decir nada, Cristina empieza a desabotonarse la blusa mojada. Lucy traga saliva. No puede ser que el plan le esté saliendo tan bien, tan perfecto.

-Si- dice ahora Cristina, terminando de desabrocharse toda la blusa- es lo mejor para secar rápido toda la ropa, el aire fresco.

Lucy vuelve a tragar saliva. Le está viendo los pechos a su profesora, unos pechos cubiertos por un sujetador color crema. La blusa está ya desabrochada, Cristina se la quita con un ademán suave y la lanza sobre una hamaca. Lucy casi no puede hablar, le cuesta despegar los labios. Está mirando a Cristina, viéndole el torso desnudo, el ombligo al aire, los pechos - pequeños - cubiertos por el sujetador. No puede creerlo, pero es cierto. Y Cristina tampoco puede creer lo que está haciendo. Pero se dice a sí misma que no es nada, que es para secarse la ropa. No es tan malo, unos pocos minutos semidesnuda delante de su alumna y luego, a vestirse otra vez, que para algo es una mujer muy decente.

Lucy sonríe, con cara de circunstancia. Cristina, después de una leve duda, empieza a bajarse la falda, agarrándola con ambas manos. Se inclina hacia delante, mirando siempre a Lucy, se desabrocha el botón superior de la falda y la desliza hacia abajo, hasta dejarla arrollada en torno a sus pies. Luego, la agarra con una mano, se incorpora y se la quita definitivamente, dejándola junto a la blusa. Lucy está alucinando. Cristina, su profesora Cristina, su adorada profesora Cristina, está delante de ella, en bragas y sujetador. Las bragas son anchas, de color crema, como ya había avizorado. Y el sujetador revela bastante de los pechitos que intenta ocultar. Hasta se le transparentan un poco los pezones a la profesora. Y eso excita a Lucy.

-¡Hace un día buenísimo!- exclama Lucy, pletórica.- ¿Por qué no aprovecha, señorita Cristina, y se tumba en una hamaca a coger algo de sol? Le hace falta, está usted muy blanca...

Cristina sonríe.

-Es verdad- contesta- Debería hacerlo, hace un día tan bueno- y de pronto, es enteramente consciente de la brisa que acaricia su cuerpo, del sol que calienta su piel, de la blanca sonrisa de Lucy, del cuerpazo de Lucy, de las tetas firmes y jugosas de Lucy. La profesora traga saliva y se dirige a una hamaca.

-Además- dice Lucy- Está toda mojada, el aire la secará, y...también debería quitarse, ya sabe, ejem, debería quitarselo todo...también tiene mojada la...la ropa interior.

Cristina se detiene al oir aquello. Lucy le está insinuando que debería quitarse también las bragas y el sujetador, quedarse desnuda. Desnuda. La sola palabra la excita. Pero se contiene. Ella es una profesora, adulta, de treinta y tantos años, y aquella chica es una joven de dieciocho.

-Voy a tumbarme en esa hamaca- dice Cristina, sin contestar directamente a la insinuación de Lucy. La joven, pensando que quizá se ha pasado un poco, sonríe y no insiste. En vez de eso, contempla, arrobada, como la esbelta Cristina, tras descalzarse, se tumba boca abajo sobre la hamaca. Disfruta viéndole las piernas desnudas a su profesora, viéndole el culo - aunque sea tapado por las bragas- viéndole las tetas- aunque sea también tapadas por el sujetador.

-Señorita Cristina- dice Lucy- Me voy un momento, voy a buscar un bronceador, hace bastante sol.

-Lucy, no creo que sea necesario...- protesta Cristina.

-Oh, si que lo es- contesta Lucy, marchándose.

Cristina se queda sola, tumbada boca abajo sobre la hamaca, vestida tan solo con unas bragas y un sujetador, y piensa en lo extraño de la situación. Si viniera ahora la madre de la chica, tendría un grave problema, pero no es probable que eso suceda, se dice, porque si no la chica no la habría invitado a coger sol en la hamaca. El haber pensado esto la hace dudar...¿y si Lucy lo hubiera planeado todo, para quedarse a solas con ella, para desnudarla, para...quien sabe qué más? Pero la profesora aparta esos pensamientos con una sonrisa. Lucy no lo haría , es una buena chica.

Y la buena chica regresa, con un gran bote de bronceador en una mano.

-Ya estoy de vuelta, señorita, ahora, me sentaré aquí a su lado, asi- arrastra una hamaca y la pone junto a la hamaca de Cristina- y , bueno, si me lo permite, voy a ponerle bronceador en esa piel blanca, que hace mucho sol y es muy malo.

- No, Lucy, no hace falta, no hace...¡oooohhhh!- las protestas de Cristina son ahogada por sus propios gemidos de placer, al sentir las manos de Lucy deslizarse sobre sus hombros, embadurnándola con habilidad de suave y fresca leche bronceadora.-¡ Sabes dar un buen masaje, Lucy!¡Oooooohh...siiii...!

Cristina gime de placer, un placer sensual , casi sexual, que la domina, mientras Lucy la masajea. La joven también siente un poderoso placer en la entrepierna, pues le está dando masaje a su profesora, a la mujer que más desea.

-¿Si?¿De verdad le gusta, señorita Cristina?- pregunta Lucy, deslizando sus manos hacia abajo, abarcando la espalda de su profesora.

- Si...mmmmhh...me gusta...me guustaa...siiguee...- gime Cristina, que empieza a excitarse sexualmente, muy a su pesar. Lucy, al oir la respuesta de su profesora, decide dar un paso más. Decide quitarle el sujetador a Cristina. De un solo golpe, raudo y audaz, desabrocha el sujetador de su profesora. Cristina se queda sin habla. No sabe qué hacer, ni qué decir. Aquella chica acaba de desabrocharle el sujetador, y no sabe como reaccionar. Lucy si que lo sabe. Continúa poniéndole leche bronceadora a Cristina, ahora extendiéndola con estudiada habilidad y suavidad por toda la espalda, la espalda desnuda de la profesora.

-Entónces, parece que de verdad le gusta- dice Lucy, masajeando muy suavemente la espalda de Cristina, una espalda que empieza a brillar de tanta crema como tiene encima. La joven está temblando de emoción y de alegría: Cristina no ha protestado. Le ha desabrochado el sujetador y no ha dicho nada.

-Si...ejem...si...mmmhh...me gusta...lo haces muy bien- susurra Cristina, en un gemido. Lucy da otro pequeño paso : agarra por una tira el sujetador y lo saca de debajo del cuerpo de su profesora, dónde había quedado atrapado al desabrocharse. Durante un instante, Lucy blande en su mano el sujetador de Cristina, como una pieza de caza recién cobrada. Luego, lo tira al suelo. Cristina abre los ojos al máximo y contiene el aliento. Ahora, tiene las tetas fuera, aunque aplastadas contra la hamaca. No sabe lo que hará Lucy a continuación y lo que es peor, no sabe qué hará ella misma.

-Si...me encanta que le guste, profesora- dice Lucy, acariciando la espalda de Cristina. La joven siente el delicioso tacto de la piel desnuda de su profesora y se excita. Mira hacia abajo, contemplando a una Cristina que solo lleva encima unas bragas.

Las manos de Lucy planean ahora sobre el trasero de Cristina. La profesora lo sabe, lo nota, aunque no sienta las manos de Lucy sobre su piel. La joven piensa, duda. Cristina traga saliva y contiene el aliento. Lucy, en estado febril, acerca sus dedos a las bragas de su profesora y aferra la parte superior de la íntima prenda. Luego, sin embargo, aparta las manos , con el corazón palpitándole a mil por hora. Se tranquiliza durante unos segundos y derrama algo de crema broceadora sobre sus manos. Después, empieza a extender la crema sobre la parte trasera de los muslos desnudos de Cristina.

-Si, todos dicen que soy buena en esto del masaje- dice Lucy, volviendo a la conversación. Cristina asiente, algo aliviada, y se cree obligada a halagar más a la joven.

-Por supuesto, eres más que buena, Lucy. Tus manos son...angelicales, eres un auténtico bálsamo. Si, un bálsamo...ahhh...mmmhhh...- Cristina gime, y sus gemidos parecen de placer sexual. Lucy continua masajeando las piernas de su profesora, ahora le toca el turno a las deliciosas y perfectamente moldeadas pantorrillas. La chica se las cubre de crema y luego, las alza en vilo una detrás de otra, para centrar su atención en los pies desnudos de su profesora. Antes de aplicar la crema a la planta de aquellos preciosos pies, Lucy se toma unos segundos para olerlos.

-Aahhh- exhala la joven, por lo bajo, mientras huele los pies de su profesora. Huele a pies un poco sudorosos, pero a la chica eso la excita aún más. Después, procede a extender la crema por toda la superficie de las plantas de los pies, demorándose en las arruguitas que ocupan el espacio entre los sonrosados talones y la parte delantera. No se olvida, por supuesto, de engrasar los deditos, muy bien engrasados, casi uno a uno, acariciándolos con los dedos de sus manos. Y mientras Lucy le acaricia y embadurna los pies, Cristina gime de placer, haciendo esfuerzos por apagar esos gemidos, pues le parecen poco apropiados.

Lucy termina con los pies. Tanscurren unos tensos segundos, en los que Cristina se pregunta qué ocurrirá a continuación. Y mientras la profesora se encuentra sopesando las distintas posibilidades, a cual más extraña, Lucy regresa con sus manos a las bragas de su profesora. No las toca, aún no. Vuelve a sobrevolarlas, como esperando el momento adecuado. Cristina la siente, siente la presencia de las manos de su alumna sobre su trasero, sobre sus bragas.

Lucy hace acopio de valor.

Agarra las bragas de su profesora por la parte superior. Cristina lo nota, nota los dedos de su alumna sobre sus bragas, ya no simplemente sobrevolándolas, sino tocándolas, cogiéndolas, agarrándolas. Pero no hace ni dice nada. Nada de nada, salvo contener la respiración, con los ojos muy abiertos. Lucy tira de las bragas hacia abajo. Un poco. La parte superior del culo de Cristina queda a la vista. Lucy disfruta viéndo la raja que separa las nalgas de su profesora, al menos, parte de ella. Se lo piensa un segundo, como dando tiempo a Cristina para reaccionar. Pero la reacción no llega. La treintañera se queda quieta, petrificada por lo insólito y excitante de la situación. Lucy continúa tirando de las bragas hacia abajo. Ahora, medio culo de Cristina está a la vista. Lucy vuelve a detenerse, esperando en cualquier momento un torrente de insultos, una bofetada, algo. Pero nada ocurre. Temblando de emoción, aferra las bragas con fuerza y tira de nuevo.. Ahora, Cristina tiene el culo al aire, y no dice nada.

Lucy ha dejado a su profesora, que tiene veinte años más que ella, con el culo al aire, y ésta no dice nada. No rechista, no reacciona.

Lucy, extasiada, contempla el culo desnudo de Cristina. Es un culo bonito, amplio, jugoso, bastante blanco, con una piel que se adivina sedosa y suave. La joven sigue tirando hacia abajo y, despacio, desliza las bragas por las piernas de Cristina, hasta quitárselas. Lucy tiene ahora las bragas de Cristina en la mano. Las huele; el aroma a sexo mojado llena los pulmones de la joven. Lucy, con el corazón marchando a toda prisa, deja las bragas a un lado, junto al sujetador. Luego, mira a su profesora. No puede creerlo, pero allí, tumbada boca abajo sobre su hamaca, en su jardín, está Cristina, su profesora Cristina, total y completamente desnuda.

Cristina está petrificada. Con los hermosos ojos abiertos como platos, la profesora no sabe qué hacer. Está desnuda en la casa de una alumna, y no sabe como reaccionar. "¡No puede ser, no puede ser.!- se dice a si misma-¡Estoy desnuda!¡Desnuda!¡Desnuudaaa!¡Como he podido dejar que esto pasara!"

Y mientras la profesora piensa, Lucy actúa. Vierte algo de leche bronceadora directamente sobre las nalgas de Cristina.

-Ohh- gime la profesora al sentir el frescor de la leche en su culo.

Lucy extiende con destreza y suavidad la blanca leche por toda la superficie de las nalgas de Cristina. Sus manos acarician con primor la piel cremosa de la profesora, que no cesa de gemir con voz muy baja, intentando que no se oiga mucho. Pero no lo consigue. Lucy la oye gemir. Y son gemidos de placer. La joven disfruta sintiendo en sus dedos y en las palmas de sus manos el contacto con la carne desnuda de su profesora, a la cual tanto ha deseado. Lucy tiembla de deseo. Ni recuerda las veces que se ha masturbado pensando en Cristina, imaginándola desnuda, y ahora está aquí, tumbada en la hamaca, desnuda de verdad. Y ella, Lucy, le está masajeando el culo.

Cristina se muerde los labios para no gemir más alto. Lucy le está acariciando el culo con pasión, con la excusa de ponerle crema bronceadora, eso es evidente. Porque la chica tarda demasiado, le pone más y más crema, para así poder seguir acariciándole el culo a su profesora. Pero no solo se trata del precioso culo de Cristina. No. Lucy puede ver el sexo de su profesora, una raja jugosa y aterciopelada, escondida entre los muslos entreabiertos. Le está viendo el coño a Cristina. La profesora, por descuido, tiene los m uslos algo separados, y Lucy puede, desde su posición, verle el coño. Así, la chica no quiere que el tiempo pase, quiere quedarse allí, para siempre, admirando el culo y el coño de su desnuda profesora. Pero sabe que no puede ser.

-Aahh...mmmhh...mmmhh...que bien...lo haces, Lucy...ahh...- gime Cristina, como si nada hubiese pasado, como si Lucy, su alumna, no le hubiese quitado las bragas. Y es que Cristina ha llegado a la conclusión de que es mejor dejar estar las cosas, que es mejor no decir nada y seguir como si tal cosa. No se quejó antes y no se va a quejar ahora. En realidad, no ha pasado nada, se trata solo de una chica que sabe dar muy buenos masajes y que le está dando uno, de antología; el hecho de estar totalmente desnuda delante de esa chica es secundario.

Lucy no para de mirarle el coño a Cristina. Casi sin pensarlo, desliza una de sus manos hacia abajo, muy hacia abajo, y con dos de sus dedos acaricia, durante una fracción de segundo, los labios vaginales de Cristina. La profesora da un respingo, sorprendida. Lucy teme que haya ido demasiado lejos y se queda quieta, sin hacer ni decir nada. Pero Cristina no la reprende. La profesora ha sentido los dedos de su alumna acariciando su coño, pero esa fugaz caricia le ha producido tal excitación, que, avergonzada de sí misma, no quiere reconocerlo. Y actúa como si nada hubiera pasado.

Lucy, comprobando que Cristina no se pone a gritar de indignación, sigue acariciándole el culo a su profesora durante varios minutos más, hasta dejarlo totalmente brillante, lleno de crema olorosa.

-Bueno- dice la chica- Creo que ahora puede darse la vuelta, señorita Cristina...Le toca a la parte de arriba.

Cristina asiente y empieza a darse la vuelta. Es consciente de que así, le enseñará todo a su alumna, pero lo hace igualmente, intentado de ese modo, aparecer como una mujer moderna y desenvuelta. Como consecuencia, Cristina se vira hacia arriba. Lucy se concentra en el coño de su profesora. Y tiene premio, pues al darse la vuelta, Cristina ofrece, por fuerza, una completa panorámica de su coño desnudo, envuelto en su parte superior por un abundante matorral de pelos negros. Lucy se relame al verle el chocho a Cristina. La joven está demasiado excitada. Así que deja de mirar directamente el sexo de su desnuda profesora y se pone a verle las tetas. Porque ahora, Cristina está con las tetas fuera. No son tetas de impresión. Son tetas pequeñas, jugosas sin embargo, con un buen par de pezones en semiercción. Están un poco colgantes hacia abajo, pero a Lucy le gustan de todos modos, son las tetas desnudas de su desnuda profesora. Y eso la pone cachonda. Tan cachonda que...

-Oh, señorita Cristina, hace tanto calor aquí...creo que voy a quitarme la camiseta- dice Lucy , con voz ingenua. Cristina se queda, una vez más, de piedra. Porque delante de ella, y en un instante, Lucy se quita la camiseta y se queda desnuda. Casi sin respiración, la profesora admira la belleza de su desnuda alumna, y sobre todo, la rotundidad de sus pechos juveniles, más grandes que los suyos, mas duros, más tiesos, y tan apetecibles...La estrecha y cimbreante cintura de Lucy destaca en un cuerpo casi perfecto, de curvas increibles y carnes jugosas. Los ojos verdes de la alumna miran con cierto regocijo a la profesora, la cual, desnuda y abrumada por la situación, no sabe hacer otra cosa que mirar hacia ella con los ojos muy abiertos. Cristina tiembla. Lucy tiene una entrepierna cubierta de rubios cabellos, que aparecen sedosos y muy cuidados, semirasurados. Consternada, la profesora siente que está empezando a perder el control de su propio cuerpo. Y tiene razón, porque Cristina está cachonda. Sin poderlo evitar, la bella y desnuda profesora se está mojando cada vez más. Tiene el clítoris en erección y una ardiente sensación de placer anticipado y deseo hambriento y descomunal triunfa en su bajo vientre. A pesar de eso, sin embargo, Cristina intenta por todos los medios contenerse, y así, habla como si nada pasara.

-Si, Lucy, la verdad es que aquí hace calor, hace mucho sol-

-¿Verdad que si?- asiente Lucy- Por eso, voy a ponerle crema ahora por delante, para dejarla toda cubierta y protegida. El sol es muy malo, ya lo sabe.

Cristina no dice nada. A estas alturas, ya ni se acuerda de su ropa mojada y de la razón por la cual está tumbada desnuda en la hamaca de una de sus alumnas. Con la respiración un poco entrecortada, ve como Lucy se acerca a ella. La joven se sienta en la hamaca de la profesora, se inclina hacia adelante y, balanceando con lentitud y dulzura sus hermosas tetas delante de los ojos de Cristina, empieza a llenar de crema las tetas de su profesora.

Cristina no dice nada de nada. Las preciosas tetas de Lucy la tienen subyugada. Unas tetas que se menean a escasos centímetros de sus labios, de su nariz, de sus ojos. Tan cerca...y tan lejos. Porque Cristina sabe que nunca se atreverá a hacer nada comprometedor. Aunque si es Lucy quien hace algo, la profesora no sabe muy bien como reaccionará...La joven, a todo esto, ha terminado de verter crema sobre las tetas de Cristina. Ahora, empieza a extenderla con ambas manos, en sentido circular, abarcando la mayor superficie posible.

-Aahhh...mmmhh...hhh...mmmhhh...aahhh...- gime Cristina, entrecerrando los ojos y mordiéndose los labios. El masaje de Lucy es realmente erótico. Los pezones de Cristina se endurecen rápidamente. Lucy lo ve. Estruja una y otra vez las tetas de su profesora y luego, juega con aquellos maravillosos pezones. Cristina no dice nada, aunque es evidente que aquello ya no es un simple masaje. En efecto, Lucy le está pellizcando sin reparos los pezones a su profesora, apretándolos entre sus dedos, estrujándolos y tirando de ellos hacia arriba una y otra vez.

Las tetas de Cristina, con los pezones tiesos y endurecidos, están llenas de crema, brillantes y apetecibles. Lucy, mojada , con el coño chorreante, sobreexcitada, se relame de gusto mientras manosea a placer las tetas de su profesora. Cristina arquea el cuerpo hacia arriba, y emite un profundo gemido de inequívoco placer, que hace que Lucy casi pierda los papeles y se lance directamente sobre la treintañera de piel blanca y sedosa que se encuentra bajo ella, sobre la hamaca.

-¡¡Aaaahhhh!!-

Pero Lucy aún no ataca. Deja las tetas de Cristina y pasa a acariciar y a llenar de crema los brazos de la profesora. Las caricias de Lucy directamente sobre sus brazos desnudos, hacen que un escalofrío de placer recorra el cuerpo de Cristina. Luego, Lucy embadurna de crema el estómago de Cristina, centrándose en el ombligo de ésta y en el area circundante.

-Mmmmmmhh....ah...ahhhhh...aaaahhh...- gime Cristina, con los ojos casi cerrados, sintiéndose cada vez más y más cachonda. Las manos de Lucy se introducen brevemente en el boscoso Monte de Venus de la profesora, explorandolo de cabo a rabo, acariciando aquella pelambrera sin pudor alguno. Pero no sigue más allá. Cristina, entónces, casi sin saber lo que hace ni, sobre todo, por qué, separa las piernas un poco. Luego , más y más. Lucy observa a su profesora, que se ha abierto de piernas para ella, mostrándole el coño entreabierto y mojado sin el más mínimo pudor. La joven sabe ahora, sin lugar a dudas, que Cristina está caliente. Pero la profesora, a pesar de eso, no dice nada, no hace nada, salvo abrirse de piernas. Lucy , entónces, opta por alargar más la situación, y pasa a embadurnar de crema las hermosas y perfectas piernas de aquella bella mujer que se le está ofreciendo. Primero, le llena de crema los muslos. Cristina gime y gime de placer sin cesar, cada vez más alto.

-Mmmmhh...ahhh...ahhh...

Luego, Lucy le acaricia las rodillas, las pantorrillas, y al fin, los deliciosos pies. Ya se los ha llenado de crema antes, por debajo, por las plantas. Pero ahora lo hace por encima, cubriéndolos por completo de crema, de leche blanca y suave que la joven extiende por toda su superficie.

-¡¡Aaaahhh...ahhh...ahhh...mmmmhhh!!- jadea Cristina, con los ojos cerrados, sintiendo un delicioso placer al contacto de los dedos de las manos de Lucy con sus pies desnudos. Lucy le acaricia los pies a su profesora durante largos minutos. Las eróticas caricias despiertan aún más el deseo sexual en Cristina, que gime y gime sin limite. Lucy se lleva los pies a la nariz, los huele, como ya hizo antes. El olor la excita, un olor a pies sudorosos, un olor delicioso que la pone tan caliente que se olvida de toda ceremonia, de toda precaución y empieza a lamerlos. Si, saca la lengua y empieza a lamerle los pies a Cristina, mojándoselos en abundancia con su saliva, deslizando su lengua una y otra vez por la superficie de ambos pies.

-Mmmmhhh….ahhh…ahhh…Luucyy…ahhh- gime Cristina, sin saber qué hacer ni qué decir, dejándose llevar simplemente por aquella oleada de placer y erotismo que amenaza con invadirla por completo. Lucy deja con suavidad sobre la hamaca los pies de su profesora. Cristina continúa con las piernas abiertas, mostrándole a su alumna su más íntima raja sin pudor alguno, pero sin comprometerse a nada.

Lucy desliza ahora su mano derecha por las piernas de Cristina, en sentido inverso, hacia arriba, muy suavemente. Pronto, alcanza la altura del sexo de su profesora. Cristina, desnuda y mojada, contiene la respiración , sin dejar de mirar a Lucy a los ojos. Esta sonríe, y , con un movimiento certero, le mete dos dedos en el coño a la profesora.

-¡Oooohhhh!¡Luuucyy!¡Aaahhhhmmmmm!!- gime Cristina, sintiendo un intenso placer. Lucy menea sus dedos adelante y atrás, adelante y atrás, una vez y otra y otra, con gran rapidez y seguridad, untándolos en la abundante cremosidad que la bella profesora está destilando.

-¡¡¡Oooooohhhhhh!!!!- gime Cristina, jadeante, sudorosa, caliente. Lucy se acerca aún más. Los labios de la treintañera están entreabiertos, conformando una boca deliciosa y apetecible. Lucy besa a Cristina. La besa fuertemente en la boca, invadiéndola con su lengua juvenil.

-Mmmmmmmhhhh-

Cristina se deja besar. Lucy la domina con la lengua,llevando la voz cantante. La lengua de Cristina permanece pasiva y asustada, mientras la de Lucy explora toda aquella boca caliente y mojada.

-Oh, Lucy, yo, yo…- balbucea Cristina, cuándo Lucy al fin separa sus labios de su boca. Pero la joven no tarda en volver a atacar. Nuevamente, besa a su profesora, esta vez un beso más largo y profundo, que desarma a ésta por completo, dejándola laxa y sin fuerzas.

-Mmmmmhh….mmmmhhh-

La lengua de Lucy acaricia la lengua de Cristina, que gime entre los brazos de su alumna. La combinación de aquellos poderosos y deliciosos besos con la penetración a que está siendo sometida por los dedos de Lucy, hace que pronto Cristina comprenda que no tardará mucho en correrse.

-“Si me corro- piensa Cristina- será el final. No puedo correrme, debo evitarlo, no puedo correrme entre los brazos de una alumna, sería humillante, obsceno…no puedo correrme.Significaría que me ha dominado por completo, que un par de besos y unas caricias han bastado para seducirme y convertirme en su amante lesbiana…no puedo correrme.¡Soy su profesora, tengo veinte años más que ella, debo resistir.”

Pero Lucy imprime más velocidad a sus dedos. Cada vez los saca más y más mojados. Cristina está chorreante, tiene el coño totalmente mojado, inundado. Y para hacerlo aún más difícil, Lucy vuelve a besar a su profesora. La besa de nuevo, y esta tercera vez, Cristina sabe sin lugar a dudas que se correrá sin remedio. Porque el beso la excita, la domina, y la deja por completo a merced de aquella jovencita tan guapa y excitante.

-Oh…oh…oh…Lu…Lucy…creo que…creo que…¡¡AAAAAHHHHHHSIIIICREOQUEMECOORROOOOOAHHHHHMMMM!!¡¡Me corro, me corromecorromecorro…me cooorrooo…ahhhh…ahhh…ahhhh!!- exclama Cristina, corriéndose en abundancia, lanzando chorros y más chorros de calientes jugos que salen disparados desde su coño mojado y abierto, manchando las manos de Lucy con una cremosidad maravillosa y lasciva.

La profesora jadea, sin atreverse a mirar a la cara a la triunfante Lucy, que se ha levantado y la observa, sonriente, desde lo alto. Y es que la vista merece la pena : Cristina, su profesora Cristina, desnuda, blanca, esbelta y delgada, abierta de piernas, con el coño totalmente a la vista, un coño mojado y chorreante, con la cara convertida en un mohín de humillación y vergüenza. Porque ahora Cristina está avergonzada. El rojo de la humillación acude a su rostro hermoso y la profesora universitaria baja sus grandes ojos para no mirar a su alumna. Lucy, por contraste, está desbordante, excitada, alegre y victoriosa. Sabe, de un modo íntimo y certero, que tiene a su profesora Cristina a su entera disposición, y que ésta no hará nada para evitarlo.

-Lu…Lucy…yo- tartamudea Cristina, con la respiración entrecortada, las tetas con los pezones en erección, las piernas separadas y el coño rezumando leche caliente- yo…no sé que me ha ocurrido, yo…no soy así…yo…yo

-Ssshhh- le dice Lucy, llevándose un dedo a la boca- Tranquilícese, profesora, todo va bien, todo va…estupendamente.

Y para corroborarlo, Lucy se acuesta directamente sobre su profesora, introduciendo su cuerpo entre las piernas abiertas de ésta, que ya no sabe ni qué sentir.

-Oh, Lucy, Lucy, Luuuucyy…- gime Cristina, notando que el coño vuelve a temblar de deseo y de pasión. Lucy se aplasta contra su adorada profesora, como queriendo fundirse con ella en un abrazo amoroso. Las tetas de la joven se restriegan con fuerza contra las más pequeñas tetas de la profesora, que empieza a gemir de placer. Lucy abraza a Cristina, aferrándola con una tenaza de amante excitada. Y la besa. La besa en la boca de nuevo. La besa una y otra y otra vez, sintiendo ahora que la lengua de la profesora responde al beso, entrelazándose con la suya propia. De todos modos, la lengua de Lucy domina la situación, y relega a la lengua de su profesora a jugar un papel pasivo.

-Mmmmhh…¡MMMMMhhhhhh!- gime Cristina, derritiéndose de placer , dejándose besar a fondo por la desbocada Lucy. Y Lucy la besa de nuevo. La profesora siente en sus labios la presión de los labios jóvenes de Lucy, y luego, siente la mojada presencia de la lengua de ésta, instalándose cómodamente en su propia boca. Lucy desliza una de sus manos por toda la espalda de su desnuda profesora. Luego, le acaricia brevemente el culo y, finalmente, sin más dilación, le vuelve a meter dos dedos en el coño.

-¡¡Oooohhhh!!- gime Cristina, al sentir en su sexo mojado la penetración de aquellos dedos hábiles y calientes. Lucy acalla sus gemidos con otro beso. Y a ese beso sigue otro, y luego otro y otro más…

Los besos de Lucy hacen que la profesora se ponga muy,muy cachonda. Y si a eso añadimos que Lucy se la está follando, penetrándola con dos dedos, pues resulta que la pobre Cristina está, muy a su pesar, totalmente cachonda y mojada.

-Mmmhh…ahhh…ahhhh…- gime Cristina, sintiendo que Lucy lleva la voz cantante y que ella, que es veinte años mayor, que es su profesora, acepta el papel pasivo. Y así es. Lucy se menea como una profesional, aplastando con su cuerpo el cuerpo desnudo de Cristina. Y ésta se limita a dejarse hacer, a dejarse besar, a abrirse de piernas, despatarrada y humillada, mientras Lucy la besa sin cesar, y a dejarse follar por los dedos de la joven.

-Oh…ohhhhh…- jadea Cristina, en uno de los escasos momentos en que su boca está libre – Yo…yo…aaahhh…ahhh…me cooorroooo…ahhhh…ahhhh….ohh…me estoy corriendo…otra vez…ahhhh….ahhhh…

Y en efecto, Cristina se corre de nuevo, esta vez lentamente, dejando que el torrente de leche cremosa fluya despacio desde su chocho abierto y mojado hacia fuera, hacia la mano de Lucy. Un pequeño charco se forma debajo de la entrepierna de la profesora, sobre la tela gruesa de la hamaca. Lucy saca sus dedos del sexo de su profesora y se incorpora, pasa una pierna hacia el otro lado de la hamaca y repta hacia arriba, hasta situar su coño directamente sobre la cara de Cristina.

-Chúpeme, profesora, por favor, chúpeme, chúpeme…lo necesito, por favor, por favor- suplica casi Lucy, con su sexo mojado y joven sobre la cara de Cristina. La profesora, oliendo a pleno pulmón el coño de su alumna, casi no puede pensar. Tiene el sexo de aquella hermosa joven sobre su cara, sobre su nariz, sobre sus ojos. No puede pensar. Lucy se menea adelante y atrás, restregándole el coño por toda la cara, mojándosela con sus efluvios juveniles.

-¡Chúpeme, vamos, por favor, señorita Cristina, chúpeme!¡¡CHÚPEME EL CHOCHO, POR FAAVOOR!!-

Cristina saca la lengua, unpoco. La profesora no sabe muy bien qué es lo que está haciendo, todo parece tan irreal que siente por un momento que está en un sueño , un sueño muy humedo y caliente. Pero no es un sueño. Huele el sexo de su alumna, siente el roce de aquel coño mojado contra su cara, siente la humillación de saber que Lucy le está poniendo el coño en la cara, obligándola casi a que se lo chupe.

-Aaahhh…siii….siga, por favor, no se pare…mmmmhhhh- gime Lucy al sentir el contacto de la lengua de la profesora con sus labios vaginales, sacando la lengua y relamiéndose de gusto. Lo que siempre había soñado, lo que imaginaba en sus más húmedos sueños eróticos, está sucediendo de verdad : su profesora Cristina, totalmente desnuda, le está lamiendo el coño. La treintañera, sofocada, acalorada, excitada, todavía cachonda a pesar de su reciente orgasmo, saca la lengua con timidez, y, al principio con algo parecido al asco, comienza a lamer, con torpeza, el coño de la jovencita.

-¡¡Ooooohhhhsiiiiii…que deliciaa….ahhhh…siga…siga…profesora…ahhh…mmmhhhh…ahhh!!- gime Lucy, cerrando los ojos y dejándose llevar. Cristina entonces, sin saber por qué razón, visualiza en su mente su situación actual : desnuda, total y completamente desnuda, tumbada boca arriba sobre una hamaca en un jardín de una casa desconocida, despatarrada como una vulgar puta, con el coño mojado y chorreante, con aquella jovencita encima de ella, restregándole el chocho por toda la cara, como si ella no fuera toda una profesora universitaria, de treinta y ocho años, toda una mujer, sino una esclava sexual. Cristina visualiza todo eso, piensa todo eso, y por un instante se detiene. Sigue excitada, sigue mojada, pero se siente humillada, y deja de lamer el coño de su alumna. Lucy, sin embargo, no está para bromas. La joven está chorreante, tan mojada que teme correrse de un momento a otro. Y no puede soportar que la profesora deje de lamerle el coño. No ahora. Así pues, sin pensarlo siquiera un segundo, estruja con sus muslos la cabeza de Cristina, apretándola con fuerza.

-¡¡Mmmmmpfffff…por favor….ahhh…Lucy…casi no puedo…respirar…ahhh!!- gime Cristina. Lucy no le hace caso, al contrario, aprieta más aún.

-¡Siga chupando, profesora, siga chupando!¡No se pare ahora, no ahora!- le dice. Pero Cristina no se decide a reanudar su labor. Lucy, entonces, le da otro apretón de muslos.

-¡SIGUE CHUPANDO!!- le grita.-¡ TE DIGO QUE SIGAS CHUPANDO…PUTA!- Cristina no sabe si es por el grito, por el insulto, o por la presión de los muslos en torno a su cabeza. Lo único que sabe es que tiene que hacerlo. Tiene que chuparle el conejo a aquella jovencita. Y lo hace. Vuelve a sacar la lengua, vuelve a lamer la vulva de su alumna. Pero ahora no se detiene. Lame durante largos y tensos minutos en los que saborea a fondo el coño de Lucy, antes de meterle la lengua hasta el fondo.

-¡¡¡Aaaaaahhhh…sii…ahhh….siii…profesora…ahhh…ahhhh…Cristina…ahhhh…siga…siga…!!- gime Lucy, meneando su cuerpo a un lado y a otro, dejándose invadir por la lengua de su pasiva profesora. Cristina se siente ahora humillada del todo, allí, lamiéndole el coño a aquella chica, chupándoselo a fondo. Jamás pensó caer tan bajo, lamerle el sexo a otra mujer, sentirse dominada por ella, y menos aún, si esa otra mujer es una alumna suya, veinte años más joven.

-Slurp, slurp, slurp…- chupa Cristina, pensando, horrorizada, que aquella chica la ha llamado PUTA, y ella no ha hecho nada al respecto. La ha insultado, la ha llamado puta, y no ha hecho nada. Es horrible. Pero cierto. Cristina sigue chupando, incapaz de detenerse. Lucy se mueve cada vez más y más rápido, restregándose con más fuerza contra la cara de Cristina.

-¡¡¡AAAAHHHHMMMHH…AHHH…ME CORRO…OHHHH…SIII…ME…ME…COOORROOO…AHHH..SIII…CRISTIINAA…PUUTAAA…AHHHHH…PUUUTAAA….ME CORRO TOODAA…AHHH…AHHH…ARF…ARF…AHHH..SIII…!!- exclama Lucy, corriéndose en abundancia sobre la cara de su profesora. Cristina recibe un torrente de lechosa crema caliente, que moja su cara por completo, metiéndosele por la boca, por la nariz, por los ojos incluso, resbalando por sus mejillas, dejándola toda chorreante y pringosa.

-Aahh…mmmhh…ahhh…siii…ha sido genial…si…ahhh…ahhh…siii- dice Lucy, relamiéndose de gusto, con la respiración entrecortada. Luego, separa las piernas y deja libre la cabeza de su deseada profesora. Cristina respira a pleno pulmón, aliviada. La joven mantiene su coño todavía un poco más sobre la cara de Cristina, y , después, se levanta y se tumba boca arriba en la hamaca vecina.

-Lucy- dice Cristina, después de un largo silencio en el que devora con los ojos la voluptuosidad de su desnuda alumna- Lucy, es mejor que me vaya, ya ha sido bastante por hoy…¿no crees?

Lucy no contesta todavía. Se aparta un mechón de cabellos de la cara, se vuelve hacia su profesora y, ahora si, le dice:

-No, no lo creo. Todavía hace un día precioso, usted está aquí, a mi lado, desnuda, y yo estoy aquí también, sentada junto a usted, también desnuda. No , el día no ha acabado. –

Cristina no sabe qué contestar. Ni qué hacer.¿ Debe levantarse, irse de allí, recoger su desperdigada ropa e irse a toda velocidad? Pero no se siente con fuerzas. Ni con ganas. Los ojos de Lucy son tan bellos, sus pechos son tan firmes y hermosos, su cuerpo es tan joven y perfecto…

-Señorita Cristina- dice Lucy de nuevo-¿Sabe cuantas veces me he masturbado pensando en usted?¿Sabe cuantas veces me la he imaginado totalmente desnuda? No, no lo sabe. Esto es muy importante para mí, es la culminación de mis deseos, de mis fantasías más oscuras y secretas…¡La tengo aquí, a mi lado, a usted, precisamente a usted, a la mujer que deseo! ¡Y está desnuda!¡Usted, señorita Cristina, está completamente desnuda ¡ Y es tan bella, tan preciosa, tan apetecible…me la comería ahora mismo, sin dudarlo, si pudiera. La deseo, señorita, y no quiero terminar todavía. No, ni hablar. Ni hablar.

Cristina se queda de piedra. No responde, no sabe como reaccionar. Lucy se levanta y se dirige a ella de nuevo.

-Señorita, ¿quiere algo de beber? Puedo traerle algo, un licor, algo…

-Si…si, traeme algo, por favor, un licor, si, eso vendrá bien.- contesta Cristina, disfrutando de la contemplación de aquella hermosa y neumática joven.

Lucy asiente y se va, atravesando el jardín, hacia la casa. Cristina se queda sola. Los pensamientos más absurdos le bullen en la cabeza. Se siente sucia y humillada, se siente dominada por aquella jovencita, y, sobre todo, se siente incapaz de llevarle la contraria. Se incorpora un poco y se recuesta sobre los codos.

-“Oh, esto no puede ser verdad, debe ser un sueño, una pesadilla sexual o algo así. ¡No puede ser verdad que yo esté aquí, tumbada, desnuda, después de haberle chupado el coño a una de mis alumnas, no puede ser de ningún modo.”

Pero sabe que todo lo que le sucede es real. Muy real. Está desnuda sobre una hamaca, en casa de una de sus alumnas, a la cual acaba de lamerle el sexo. Y aún así, no se decide a irse. Cristina cierra los ojos, y se deja llevar por la paz que en ese momento inunda el jardín. El gorjeo de los pájaros, el rumor de la brisa de la tarde entre los árboles, la suavidad de la caricia del sol sobre su cuerpo desnudo. Sonríe. Se siente extrañamente bien. Así pues, se incorpora del todo y se sienta en el borde de la hamaca, mirandose las uñas de los pies, perfectamente pintadas de rojo brillante. Justo en ese momento, vuelve Lucy, con dos vasos llenos en la mano. Le tiende uno a Cristina y ésta se lo lleva a los labios sin dudar. El fuerte licor le baja caliente por la garganta, mira a Lucy, sonríe, y ésta también se pone a beber. Pronto las dos mujeres dan buena cuenta de los dos vasos, que estaban bastante llenos.

Reconfortada por el alcohol que le arde en las venas, Cristina sonríe aún más. Lucy le responde con una amplia sonrisa y, en pie frente a ella,le tiende la mano. Cristina se la da y se levanta. Lucy la atrae hacia ella, abrazándola por la cintura, y la besa apasionadamente en la boca, lamiéndole toda la lengua.

-¡Mmmmmhhmmm!- gime Cristina, sintiéndose excitada y cachonda, mientras Lucy la besa a fondo. Luego, la alumna aparta la boca de la boca de su profesora, y, suavemente, la presiona por los hombros, incitándola a ponerse de rodillas sobre las baldosas del jardín. Al principio, Cristina se resiste. Pero la hermosa y penetrante mirada de los ojos verdes de Lucy la dominan muy pronto y la profesora obedece. Despacio, Cristina se arrodilla ante Lucy, que sigue presionándola en los hombros, hasta que la profesora se pone a cuatro patas, como una perra. Entonces, Lucy se acerca a ella todo lo posible, separa las piernas y le muestra el coño mojado. Lo que la alumna desea es evidente. Y Cristina accede.

Una intensa y deliciosa escena de lesbianismo tiene lugar. Cristina, de treinta y ocho años, profesora de Universidad, se somete a su alumna de dieciocho años. La profesora, totalmente desnuda, se pone a cuatro patas, en una humillante postura perruna, frente a su alumna Lucy, la cual le ofrece su sexo juvenil y mojado. Cristina duda un segundo. Luego, sumisa, saca la lengua y empieza a lamer el coño de su alumna, la cual, en pie frente a ella, exhibe una inequívoca postura dominante.

-¡¡Ooooohhh…siii…sigue…ahhh…Cristina…ahhh…ahhh!!- gime Lucy, empujando con ambas manos la cabeza de Cristina hacia delante. La profesora lame y penetra con su lengua en el coño de la joven.

-Slurp, slurp, slurp, mmmmhh…ahhh…- jadea Cristina, lamiendo el coño de Lucy. El olor a sexo mojado y caliente domina a la profesora, que aspira el salado y profundo aroma hasta llenarse los pulmones. Lucy la empuja por la cabeza, presionandola hacia delante, forzándola a hundirse aún más en la sumisión más profunda. Cristina no se resiste y sigue lamiendo y lamiendo sin cesar el coño de su alumna, penetrando con su lengua hasta en el más oscuro rincón de aquel sexo hambriento. Pronto la profesora dirige su atención al clítoris erecto de la joven y lo llena de saliva y de lametones. Lucy gime, extasiada, mojándose sin remedio, sabiendo que le falta muy poco para tener otro orgasmo.

-¡Oooohh, siii, sigue…ahhh…ahhh…siguee….ahhhhmmmhh…!!-

Cristina lame y lame y traga las calientes humedades que rezuma el coño de Lucy.

-¡¡Aaaaahhh…ahhh….!!- exclama Lucy, con la lengua fuera y los ojos en blanco- ¡Me corro!¡Me cooorroo…ahhhh…ahhhh…zooorraaa…..ZOOORRAAA….aaaaahhh…sii…siii…mmmmhhh…puuutaa….puta…ahhhhh!!

Chorros de leche caliente mojan de nuevo la cara de Cristina. Con la boca abierta, la profesora universitaria se ve obligada a tragar a borbotones los cremosos efluvios de la alumna , durante un largo y poderoso orgasmo. Al fin, Lucy deja de correrse y se separa de su profesora, la cual se queda tal cual, desnuda, a cuatro patas, con la cara chorreante exhibiendo una expresión humillada y temerosa.

Lucy descansa unos minutos, recuperándose del poderoso orgasmo. Mientras, Cristina permanece como estaba, a cuatro patas, humillada delante de su alumna. La profesora , con los ojos bajos, no mira siquiera a Lucy, se siente demasiado humillada para hacerlo. Por otra parte, está tan cachonda, tan excitada y mojada, que lo único que desea en aquella hermosa tarde luminosa es que la preciosa joven le chupe el coño, desea correrse dentro de la boca de Lucy, tener un maravilloso orgasmo en los brazos de su alumna.

-Lucy, por favor- se atreve al fin Cristina. Y no dice más. Lucy la mira, con sorna, con condescendencia, y comprende que su profesora necesita correrse, que necesita un buen orgasmo. La alumna admira la belleza de su profesora desnuda. Una belleza brillante y embadurnada de crema solar, una belleza con el rostro empapado de jugos femeninos, una belleza con los hermosos ojos bajos y humillados. La joven, al fin , se decide. Avanza hacia Cristina y la agarra por el pelo teñido de rubio.-Demos un paseo por el jardín- dice Lucy, y tira del pelo de Cristina y la obliga a arrastrarse junto a ella, como si la profesora fuera una mascota, una perra propiedad de la joven.

-¡Augh!- exclama Cristina, dolorida, avergonzada, pero obediente. La profesora, sin rechistar, sin atreverse a luchar, camina a cuatro patas junto a Lucy, que le tira del pelo con fuerza y sin consideración alguna. La estampa que ambas conforman es increiblemente hermosa y excitante : la bella joven, Lucy, desnuda, con su perfecto y magnífico culo bamboleándose a un lado y a otro al ritmo de sus pasos, arrastra en pos de sí a la treintañera Cristina, también desnuda, a la cual le tira del pelo sin compasión, obligándola a caminar a cuatro patas, como una perra. Parece, simplemente, que Lucy ha sacado a pasear a su perrita más querida, a su mascota canina, pero en lugar de un animal, quien camina junto a ella, quien se arrastra penosamente junto a ella, es ni más ni menos que Cristina, una profesora de Universidad, totalmente derrotada, desnuda y humillada.

Lucy da varias vueltas al jardín privado de su familia. Cristina emite de cuando en cuando un gemido ahogado, pues tiene las palmas de las manos sucias y doloridas, y aún le duelen mas las rodillas. Las piernas se le están llenando de restos de césped, y el dolor que le produce el continuo tirón de pelos a que la somete Lucy es ya intolerable.

-¡Qué cansada estoy!- dice Lucy de pronto, soltando a Cristina y tumbándose boca abajo sobre una hamaca. Cristina permanece en dónde está, a cuatro patas, como esperando órdenes de su ama, mientras observa con pasión la increible belleza de la desnuda Lucy, sobre todo, su magnífico culo, un culo tan perfecto, tan grácil y hermoso, que la profesora tiene ganas de componer un poema en su honor.

Lucy alarga una de sus manos y acaricia el pelo de Cristina, con indolencia. Luego, con los ojos cerrados, le dice, como de pasada:

-Señorita Cristina, me gustaría mucho que me lamiera el culo con su lengua, por favor.- y después de decirlo, se queda esperando, con la lengua fuera, en tensión, como una serpiente lasciva y juguetona. Cristina oye sus palabras, su petición, y siente como el corazón se le acelera aún más, excitándose, mojándose. En principio, piensa negarse, ya se ha humillado bastante. Pero pronto, el deseo sexual gana la partida. En realidad, sabe que estar allí humillada, desnuda y a merced de los deseos sexuales de aquella hermosa joven la pone muy cachonda. Y casi sin pensarlo, se incorpora y se sienta en silencio en la hamaca ocupada por Lucy. Admira la belleza tierna y fresca de su alumna, la tersura de su piel, la firmeza de sus nalgas preciosas y abundantes. Se inclina hacia delante y , con ternura infinita, besa en la espalda a Lucy, entre sus dos omoplatos.

-Ah- gime Lucy, al sentir el maravilloso beso de Cristina. La profesora se desliza hacia abajo y besa , sucesivamente, las dos nalgas de la jovencita.

-Mmmh-

Lucy separa un poco sus muslos. Cristina saca la lengua y empieza a lamer el culo de su alumna, despacio, sin prisas, mientras una ligera brisa hace temblar sus cabellos teñidos de rubio chillón y refresca su cuerpo enfebrecido y sudoroso.

-Oooohh…siii…profesora…señorita Cristina…siii…ahhhmmmm- gime Lucy, mordiéndose el labio inferior mientras gime de placer. Cristina, con los ojos casi cerrados, lame una y otra vez las nalgas de Lucy, sintiéndose humillada al hacerlo, humillada…y cachonda. La profesora, la desnuda y bella profesora de treinta y ocho años, con sus preciosas y bien torneadas piernas, con sus pequeñas tetas algo colgantes, con sus grandes y hermosos ojos, con su pelo rubio teñido, con su culito prieto y bien formado, con su coño mojado y chorreante, describe varios círculos con su lengua sobre el culo de Lucy, repitiendo el mismo movimiento una vez y otra. Al fin, Lucy separa aún más sus muslos y…

-Señorita Cristina, por favor- dice. Y Cristina sabe qué es lo que quiere su alumna. Lo sabe. Porque el agujero del culo de Lucy, oscuro y apetitoso, brilla con intensidad propia, llamándola casi, como un faro en la niebla. Cristina sabe lo que Lucy quiere. Y también sabe que hacerlo la humillaría mucho más aún. “Meter la lengua en el agujero del culo de Lucy- piensa Cristina, excitada- sería humillarme por completo. Sería impensable, increible. Yo, su profesora, veinte años mayor que ella, lamiéndole el ano. Si, sería humillante, vejatorio, obsceno. Y lo voy a hacer.”

-¡OoooooohhsiiiiiiiisiiiiahhhhseñoritaCristinaaaa….ahhhhhh…!- gime Lucy, extasiada. La lengua de su profesora ha penetrado en su más oscuro agujero, en su agujero anal. Cristina le está lamiendo el ano. No puede creerlo, pero es verdad. Durante varios minutos, Cristina lame el agujero del culo de Lucy, penetrando con su lengua dentro del ano de la chica tanto como puede. Lucy gime de placer, cada vez más rápido, hasta que se hace evidente que está a punto de correrse.

-Oh…oh…ahhh…ahhh…¡aaaahhh!- la joven se deshace en gemidos de placer, arqueando la espalda y meneando el culo a un lado y a otro, mientras una subyugada y cachonda Cristina no cesa de lamerle el agujero anal. El olor a coño mojado domina a Cristina, tanto que no puede dominarse. Así, desliza la lengua hacia abajo y lame también el coño de su alumna, un coño ya muy mojado y ardiente, que no tarda en eyacular, vertiendo sobre los labios de la desnuda profesora un torrente de cremosa leche caliente.

-¡¡Aaaaaahhhhh…me corro…ahhhhh….!!- jadea Lucy, corriéndose toda sobre la boca de Cristina, que bebe con auténtica pasión, tragando todo lo que puede.

Lucy se derrumba, satisfecha, sobre la hamaca, con los brazos colgando por fuera. Cristina permanece a su lado, sentada en la misma hamaca, pero pronto alcanza con una mano la otra hamaca y la junta con la ocupada por Lucy, formando una especie de cama más ancha y continua. En medio de los jadeos de Lucy, Cristina se acuesta junto a ella, en la otra hamaca, y empieza a acariciarle el pelo a la joven.

-Lucy…Lucy…- susurra Cristina. Lucy la mira. Lo que ve en la cara de su amada profesora es deseo y pasión apenas contenida. “Debe estar totalmente cachonda”- piensa Lucy- Está tan cachonda, que solo quiere correrse. Con esa mirada derrotada me está suplicando que la lleve al orgasmo. La verdad es que parece necesitarlo.”

Y como para corroborar sus pensamientos, Cristina añade, con un tono suplicante:

-Por favor, Lucy, por favor…

La joven sonríe. Se vuelve hacia su profesora, la abraza con ternura, acariciando toda su espalda, sintiendo sus pechos de mujer de treinta y tantos aplastando los suyos de jovencita, oliendo su perfume, oliendo su deseo, oliendo su sudor.

-Lucy…oh, Lucy- susurra Cristina. Y Lucy la besa. La besa en la boca como no la ha besado antes, como en realidad nadie la ha besado nunca. Un beso largo, muy, muy largo. Un beso profundo como el océano y salado como sus aguas oscuras.

-¡Mmmmmmmmmm!- gime Cristina, con los ojos muy abiertos, sintiendo que su sexo escapa a todo control. Cree que el beso terminará pronto, pero no es así. Se prolonga, casi hasta el infinito. Un beso tan largo que la deja sin habla, sin fuerzas, sin voluntad. Los ojos de la profesora se van cerrando, poco a poco, hasta ser casi una invisible raja. Lucy la continúa besando. Cristina cree que va a correrse allí mismo, tan cachonda se siente. Pero no ocurre eso. Lucy separa al fin sus labios de los labios de su profesora…solo para volver a besarla de nuevo, con redobladas fuerzas.

-¡¡Mmmmmmmmhhh!!- gime Cristina de nuevo. Ahora, Lucy acompaña su beso con una decidida penetración a cargo de dos de sus dedos en el coño de su profesora. Los dedos entran y salen varias veces del coño de Cristina y al hacerlo, acarician con dulzura el clítoris endurecido de ésta. Es suficiente. Cristina no tarda mucho en correrse. Eyacula despacio y sin prisas, corriéndose en medio de deliciosos gemidos de placer ahogados por los besos de Lucy, que la besa, la besa y la vuelve a besar en la boca.

-¡¡Ooooohh…Lucy…ahhhhhh…es maravilloso…ahhh!!- jadea Cristina, cuando la boca de Lucy se lo permite. Al fin, el orgasmo remite y Cristina es ahora la que se derrumba, sonriente y satisfecha, sobre la hamaca.

Las dos mujeres permancecen la una al lado de la otra durante bastante tiempo, sin hablar. El cielo se ha ido cubriendo y ya no hace sol. La tarde se acaba.

-Señorita Cristina- dice Lucy- Es tarde, y creo que debería irse.

-Si- contesta Cristina, sin dejar de mirar a su alumna- Si, yo también lo creo, tu madre podría venir, y, ejem, no quiero ni pensarlo si nos descubre aquí, tumbadas, desnudas…¡qué horror!

-Si, que horror- concede Lucy, sin entusiasmo- Pero bueno, lo que quería decirle es que, bueno, verá, yo llevo mucho tiempo soñando despierta- y dormida- con usted…

-¿Si?- la interrumpe Cristina, sintiéndose halagada a su pesar.

-Si, y hay algo que siempre me ha excitado mucho cuando lo imagino y me preguntaba si usted querría hacerme ese…favorcito.

-Lo que tú quieras, Lucy- dice Cristina, arrobada.

-Antes tiene que saber lo que es, señorita Cristina, y se lo voy a decir ya. Me gustaría mucho sentarme en el borde de la hamaca, que usted se pusiera tumbada de traves boca abajo sobre mis muslos, y que usted permitiera que yo…ejem..que yo…la azotase con mis manos…solo un poquito, para saber qué se siente.

Cristina traga saliva antes de contestar. Cuando lo hace, lo hace con la voz casi cortada, porque sabe que cederá y que aquella chica lo conseguirá.

-¿A…azotarme…con tus manos…en…en…el culo?-

-Si, me gustaría muchísimo azotarla en el culo, señorita Cristina, solo si usted acepta, claro está. Le daría varios tortazos en pleno culo y luego lo dejaríamos. ¡Me gustaría tanto!¡Por favor!

Lucy se incorpora, emocionada por sus propias palabras. Cristina hace los mismo, y se queda mirando al vacío frente a ella, mientras la brisa fresca del atardecer mesa sus cabellos. Lucy la coge por los hombros y la besa en el cuello.

-Por favor, señorita, por favor…solo unos pocos azotes en el culo…nada más…por favor-

Cristina suspira. Tiene que reconocer que está excitada de nuevo, muy excitada. La perspectiva de recibir varios azotes en el culo de manos de Lucy es humillante…y excitante. No puede precisar por qué razón, pero lo encuentra excitante, a pesar de saber que es una humillación total.

-De…de acuerdo, Lucy…lo haré, pero solo unos pocos azotes…y no me pegues muy fuerte, por favor-

-¡Bien!-grita Lucy, derritiéndose de alegría- póngase aquí, boca abajo, sobre mis muslos, vamos señorita Cristina, vamos.

Cristina obedece con cierta reticencia. Se pone en pie, luego se tumba boca abajo sobre los muslos de Lucy, que la espera sentada en la hamaca, respirando de forma entrecortada por la emoción.

-¿Así está bien?- pregunta Cristina, dudosa y asustada, humillada y excitada.

-¡Perfecto!- exclama Lucy. Y antes de que Cristina tenga tiempo de pensar en nada, la joven le da un fuerte tortazo en pleno culo, con la mano abierta, dejándole una marca rojiza en las nalgas.

PATAPLAF

-¡Aaayyy!- grita Cristina, volviendo la cara hacia Lucy-¡No tan fuerte, Lucy, no tan ….AAAAYYYY!-

Lucy vuelve a golpear, esta vez mas fuerte aún que la primera, descargando un fuerte golpe con su mano derecha abierta directamente sobre las nalgas de Cristina.

-¡¡Aaaayyyyy!!¡¡Luuucyy…para ya, por favor, no sigas ¡- suplica Cristina, para la cual recibir dos tortazos en pleno culo ha sido suficiente. Pero no para Lucy. La joven está excitada, muy excitada.¡Le está dando azotes en el culo a su querida y deseada profesora Cristina! Y antes de que se acallen los jadeos suplicantes de Cristina, Lucy le da otro tortazo en el culo a la pobre profesora.

-¡¡AAAAYYYYY!!¡¡LUCYYY…PARA YA, POR FAVOR…!!- grita Cristina, que empieza a menear su cuerpo para salir de aquella humillante postura sobre las piernas de Lucy. Pero ésta no está dispuesta a claudicar. Con la mano derecha agarra a Cristina por el cuello y la empuja hacia abajo, mientras con la izquierda le da otro azote en el culo, más fuerte todavía que los anteriores.

-¡¡AAAAAAyyyyyy!!- vuelve a gritar Cristina. La profesora intenta zafarse de la mano de Lucy, que la mantiene prisionera, pero no lo consigue : Lucy tiene más fuerza de la que creía y con una sola mano la mantiene dominada mientras con la otra le vuelve a propinar otro azote en el culo.

-¡¡Aaaayyy!!- grita Cristina, agitando las piernas inutilmente, moviendose a un lado y a otro intentando detener la lluvia de azotes que está cayendo sobre su pobre culo.

Lucy, extasiada, cachonda, mojada, contempla el enrojecido culo de su profesora, la cual gime de forma lastimera, impotente y subyugada. Luego, alza nuevamente la mano y le da otro tortazo en el culo a Cristina, pero esta vez no tan fuerte.

-¡Aaay!- gime la profesora, que nunca se había sentido tan desnuda ni tan humillada. Lucy vuelve a azotarla de nuevo, con más suavidad aún. Cristina nota el cambio y ya no grita de dolor. Lucy, entónces, le da varios azotes seguidos, uno detrás de otro, sin parar, pero sin emplear mucha fuerza. Cristina vuelve a gemir, pero no ya de dolor, sino de placer, porque el sentirse tan suavemente azotada la llena de una excitación increible.

-Aaahhh…ahhhh…ahhh…Lucy…oh-

Lucy descansa unos segundos. Tiene la mano enrojecida. Aprovecha y acaricia el sexo de Cristina, un sexo que la recibe con una abundante humedad que hace sonreír a la joven.

-Aaaahh…¡aahhhh!- gime Cristina, al sentir las caricias que Lucy depara a su coño mojado. Lucy levanta la mano y le da cuatro tortazos seguidos en el culo a Cristina, no muy fuertes. La profesora jadea, con la lengua fuera, y sus jadeos y gemidos son de placer, y Lucy lo sabe.

-¿Le gusta que la azote en el culo, señorita Cristina?- pregunta Lucy, con sorna, mientras le da otro manotazo en el culo a la profesora.

-¡Ay!- grita Cristina, volviendo la cabeza hacia atrás, para poder mirar a su castigadora- Yo…no lo sé…no lo sé…Lucy…yo…solo sé que esto es muy…ejem…embarazoso, muy…vergonzoso para mí…y, por favor, déjalo ya…Creo que ya me has azotado bastante…me duele el culo, en realidad, me arde el culo, y no sé qué pensar…nunca me habían azotado, nunca me habían…nunca me habían…- Cristina duda en usar la palabra que grita su mente, pero Lucy termina la frase por ella.

-¿Humillado, señorita Cristina, nunca la habían humillado de esta forma?-

Cristina traga saliva.

-Si, nunca me habian…humillado de esta forma tan…tan…total y…glub…completa…Yo…yo soy tu profesora, y soy veinte años mayor que tú, y, y, mírame, aquí, completamente desnuda, en tu casa, en tu jardín, tumbada boca abajo sobre tus muslos, dejando que me azotes en el culo…es, simplemente, increible, increible- la voz de la profesora se va perdiendo poco a poco y Lucy puede oír unos pequeños sollozos.

-Vamos, señorita Cristina, si en el fondo le gusta, usted lo sabe, si no fuera así, no estaría tan mojada…¿ve?- dice Lucy, y mientras lo dice, penetra con dos de sus dedos en el coño de Cristina.

-¡Ooooohhh!- gime Cristina. Lucy juguetea un rato con sus dedos, follando a la profesora, metiéndoselos hasta el fondo, y sacándolos totalmente mojados. Cristina gime aún más fuerte. Sigue gimiendo…durante dos minutos. Luego, se corre, empapando los dedos de su alumna, que sonríe satisfecha. La profesora siente como un río de abundante cremosidad se desliza por sus muslos y se avergüenza…un poco.

-¡¡Ooooohhh…ahhhh!!- jadea Cristina mientras eyacula, vertiendo sus jugos sobre la mano de Lucy.

La joven universitaria relaja la presión sobre el cuello de Cristina y separa los muslos. La profesora, despacio, cae al suelo y se pone a cuatro patas, frente a Lucy. Esta la mira y en sus profundos ojos verdes, Cristina ve lo que tiene que hacer.

-Vamos, señorita, una vez más, por favor- susurra Lucy. Cristina, siempre a cuatro patas, como si fuera una perra, se introduce entre los muslos de su alumna. El olor del coño de Lucy es impactante. Cristina saca la lengua y penetra con ella en el coño de la joven. Mecánicamente, pues ya lo ha hecho antes varias veces esa tarde, la desnuda y bella profesora le chupa el coño a su alumna, poniendo especial énfasis en lamerle bien lamido el clítoris, haciendo que la joven se deshaga en gemidos de placer.

-¡¡Oooooohhh…siii…siii…ahhh…ahhh…mmmmhh!!¡Qué bien lo hace, señorita Cristiiinaa…ahhhh…ahhh…siii…no pare, no pare…nooo…pareee…ahhhh!!- jadea Lucy, hundiendo sus manos en el pelo de Cristina, empujando sin cesar la cabeza de ésta hacia adelante. La profesora, respirando en profundidad el aroma a coño caliente que destila Lucy, lame y chupa sin cesar, sintiéndose humillada, sintiéndose dominada, sintiéndose, una vez más, demasiado cachonda para detenerse. Lucy hace esfuerzos para no correrse, mientras disfruta del espectáculo que supone ver a su adorada profesora totalmente desnuda, a cuatro patas, como si fuera una perra subyugada. El precioso y macizo culo de Cristina, enrojecido debido a los azotes recibidos, capta la atención de Lucy. Y entónces, la joven, demasiado tarde, comprende que se va a correr.

-¡¡Ooooohh…me…corro…ahh…ahhh…siii…que buenooo…ahhhh!!-

Cristina recibe, como ya antes ha recibido, un torrente de crema cálida en toda la boca. La profesora no tiene ningún reparo en beber los efluvios sexuales de su alumna y se traga todo lo que puede, aunque, como siempre, abundante líquido se derrama por toda su cara y la deja toda manchada, si es que podía mancharse más aún, pues ya tenía la cara totalmente llena de restos blancuzcos.

-Oh, si, mi querida profesora- gime Lucy, satisfecha, mientras empieza a recuperarse del orgasmo. Cristina aún está a cuatro patas, como una esclava esperando órdenes de su ama. Hace cada vez más frío y la luz se bate en retirada. Lucy incita a su profesora a sentarse junto a ella en la hamaca y Cristina obedece de buena gana.

-Señorita Cristina- dice Lucy- Está …muy manchada- y mientras lo dice, acaricia la cara chorreante y sucia de la profesora- tiene la cara manchada, tiene los muslos manchados, aún le brilla el cuerpo por toda la crema que le puse antes…y sus rodillas también están sucias, y sus pies…

-Si, Lucy, lo sé. Estoy toda sucia. Antes me…ejem…obligaste a arrastrarme a cuatro patas por este jardín tan lindo, como si yo fuera tu perra. Además, estoy un poco sudada.

-Si, bueno- contesta Lucy- En fin, todavía hay luz y no hace demasiado frío, aunque ya refresca. ¿Qué le parece si se da un baño en la piscina? No se preocupe, mi madre tardará un poco más en llegar, estoy casi segura. Vamos, báñese y límpiese. Luego, puede vestirse, yo misma le traeré un a toalla y su ropa.

Cristina se lo piensa. Dos segundos. Luego, su ansia de limpieza, y el brillo del último rayo de hermosa luz solar rielando sobre las aguas de la piscina la convencieron. Sin decir nada más, se levanta y se dirige hacia el agua. Baja las pequeñas escaleras, despacio, con cierto miedo y frío, sintiendo como se le pone la piel de gallina y el olor a cloro se le mete en las fosas nasales. Pronto el agua clara la rodea. El frío se le pasa enseguida, se siente bien, y da unas cuantas brazadas.

-¡Lucy, está muy rica el agua, ven, por favor!- le grita a la joven, que la mira desde el cesped.

-¿Seguro que quiere que me meta en el agua con usted?- le dice Lucy. Y Cristina no sabe si está bromeando o lo dice en serio, bruscamente arrepentida por lo que ha hecho esa tarde. Pero nada importa ya. Lucy, con su mejor sonrisa, se mete también en el agua y pronto las dos mujeres nadan y juegan juntas, desnudas, como dos ninfas de los tiempos antiguos, inocentes de todo y de todos.

-¡Vamos, señorita, a que no me coge!- la excita Lucy, salpicándola con agua en la cara.

-¡Ya verás, Lucy, ya verás, todavía no soy tan vieja!-

Y las dos corren y nadan por la piscina, que no es muy profunda. Se salpican, se ríen, disfrutan como niñas , como si fuera el primer día de un largo verano. Y tal vez lo sea. Cristina agarra a Lucy y la empuja, con suavidad y dulzura, contra el muro de la piscina. Las risas van disminuyendo. Cristina bebe en los ojos de su alumna toda la belleza del mundo y se siente, de nuevo, subyugada y dominada por ella,aunque no le haya dicho nada.

-Lucy…Lucy, no te preocupes por mí…si quieres, puedo… puedo chupártelo otra vez. No me importa- le susurra Cristina a la joven universitaria, que la mira con los ojos brillantes. Casi sin pensarlo, las dos están demasiado juntas. Las tetas mojadas de Cristina se aplastan contra las tetas mojadas de Lucy. La joven desliza sus manos por la espalda empapada de su profesora, y no se detiene. Sigue hacia abajo, le acaricia el culo, siente el placer del contacto de aquella hermosa y suave piel mojada. Cristina hace lo mismo. El hermoso culo de Lucy la llama y ella responde y pronto se encuentra a sí misma acariciándole el trasero a aquella bella jovencita. Y eso la excita, y mucho.

-No, señorita Cristina- susurra Lucy- No hace falta que me lo vuelva a chupar. Yo se lo chuparé a usted. Súbase al muro, ábrase de piernas y déjese llevar.

-¿Estas…estas segura, Lucy?- inquiere Cristina, que ya se había acostumbrado al papel de perra sumisa. Lucy asiente con la cabeza. La profesora, emocionada, cachonda, contenta, se sube al muro y se abre de piernas, mostrándole a su alumna toda la belleza de su coño mojado y enrojecido. Lucy, sin salir del agua, le mete la cabeza entre los muslos y pronto empieza a chuparle el coño.

-¡¡¡Aaaaaaaahhhh…ahhh…aaahhh…Luuuucyyy…ahhh…cariñoooo…oooohhh…ahhh…sigue, no pares, no pares, no pares…ahhhh!!- grita Cristina, extasiada, mientras Lucy le come el coño a gran velocidad, lamiéndoselo y chupándoselo como nunca se lo habían comido ni chupado. La lengua de la joven se mueve a velocidad supersónica, la profesora, en éxtasis, con los ojos casi cerrados y la lengua fuera, no cesa de gemir de placer ni un solo segundo.

-Slurpslurpslurp- se oye chupar y lamer a Lucy, que también disfruta saboreando al fín el coño de su amada profesora.

-¡¡Ooooohh…es increible…increible…ahhhh!!¡¡AAAAAHHHHHHHHMMMMM NOPARESNOPARESNOPARESAHHHHMMMMMSIIIIII…. AHHH…. MECORRO…MECOOORROOOOOOTOOODAAA…. AHHHHHHH!!- grita Cristina, estallando en el orgasmo más placentero, largo y delicioso que ha tenido en toda la vida. Sus abundantes y olorosos jugos llenan la boca de Lucy, que se traga también todo lo que puede, antes de dejar que los torrentes de la inundación le mojen la cara a mansalva. Cristina se corre durante largo tiempo. Luego, agotada, satisfecha, féliz, se tumba boca arriba sobre el césped y las baldosas del jardín y se queda jadeando, con la respiración entrecortada, con una sonrisa perfecta dibujada en la cara.

Lucy surge de las aguas como una Venus invencible y se pone en pie junto a su profesora, que está en el suelo, tirada de cualquier manera, despatarrada, totalmente abierta de piernas, con el coño mojado y gimoteando de placer.

-¿Le ha gustado, señorita Cristina?- le pregunta Lucy, con sorna.

-¡Oh, si, Lucy, cariño, si, si, si, siiiiii!¡Nunca había tenido un orgasmo como ese, nunca en toda mi vida, ha sido genial, increible, increible, inimaginable, yo, yo…!

-Bueno, ahora, tranquilicese, que le traigo la ropa, y una toalla, antes de que mi madre nos sorprenda, a las dos, desnudas, en este jardín.¡No creo que pudiera explicarlo!-

-Ni yo tampoco, Lucy, ni yo tampoco.



Luego, lo que queda es muy poco. Lucy trae la ropa y la toalla. Cristina se levanta y se seca, bajo la mirada de Lucy. Después, la profesora, despacio, se viste por completo y vuelve a estar como ha entrado, varias horas antes, con su falda corta, su camisa de manga corta, su bolso, y su pelo, más o menos arreglado.

-Bueno, Lucy, ahora sí que me tengo que ir. Ha sido genial, yo…bueno, no es que me sienta muy orgullosa, soy mayor que tú, soy tu profesora, me has…me has humillado y me has convertido en tu juguete sexual, pero…pero…

-Pero….- continúa Lucy- Le ha gustado, ha disfrutado, ha tenido un par de buenos orgasmos…y yo también. Nunca había imaginado que mis sueños se convertirian en realidad. ¡Usted y yo juntas, desnudas, abrazándonos, haciendo el amor …yo dominándola, es como…como un sueño, como una fantasía sexual hecha realidad! Gracias, señorita Cristina.

-Gracias a ti. Lo he pasado bien,muy bien, demasiado bien para no volver a hacerlo-

Y Cristina se va. Se dirige a la salida del jardín. La luz ya casi es un recuerdo tan solo. Y entónces, Lucy la detiene con un ademán imperativo.

-Por favor, señorita Cristina-

-¿Si, Lucy?-

-Me gustaría mucho que…que me diera sus bragas-

-¿Mis…mis bragas?¿Quieres que me quite las bragas y que te las de?- pregunta Cristina, excitada por la propuesta de la hermosa y aún desnuda joven que la mira desde el jardín casi en penumbra.

-Si, por favor, por favor, necesito sus bragas. Así, la recordaría, olería su aroma , el aroma de su coño, y me masturbaría desnuda en la cama, llevándome sus bragas a la cara y…sintiendo que la tengo cerca de mí.

Cristina sonríe. Se inclina hacia adelante, se mete las manos bajo la falda y se baja las bragas, hasta dejarlas caer al suelo, arremolinadas en torno a sus perfectos tobillos. Luego, se las quita, se quita las bragas, y se las entrega a Lucy.

-Toma- le dice, con voz susurrante y sensual- Para que me recuerdes, como bien dices, pero no te preocupes. Creo que volveremos a vernos, y a disfrutar juntas. Ya lo verás.

Ahora si, ahora la profesora se va. Lucy la sigue en silencio, con las bragas en la mano, hasta la puerta de la calle. No hay palabras, solo un beso final en la boca, al socaire de las crecientes sombras alargadas de la noche. Un beso, y la certera promesa de volver a verse.

Fin.